Es frecuente que los políticos, para conquistar a su electorado, invoquen en sus discursos sus principios religiosos para convencer a los votantes de su calidad ética y moral. Colombia se vio expuesta por años, si no por siglos, al uso político de la religión, hasta el punto de que curas y monseñores manipularon desde los púlpitos a su grey, conminándola a votar por el partido que, supuestamente, se ajustaba a los mandatos divinos, con resultados muchas veces violentos.
Infortunadamente, la incidencia de lo religioso en política, sobre todo en las iglesias cristianas y evangélicas, sigue vigente. Petro ha mostrado su lado religioso, aunque sin demasiados énfasis y de una manera más excéntrica, como todo en él. El día de elecciones, por ejemplo, exhibió la cruz Tau que, según dice, llevaba San Francisco de Asís en señal de humildad y amor por los pobres; y durante su mandato se ha apoyado en Alfredo Saade, supuesto pastor que después de ser católico se declaró mormón y finalmente cristiano. Y es que los pastores arrastran muchos votos. Pero lo que comienza ahora pareciera de otra proporción. En los últimos meses los colombianos hemos visto cómo los políticos de derecha que comienzan a instalarse en el gobierno, con Abelardo de la Espriella a la cabeza, manifiestan un furor religioso que linda con lo místico.
Abelardo, ateo milagrosamente converso que apalancó su campaña en sus creencias religiosas, ha dicho que “esta es no solo una batalla política sino espiritual”, y que quiere ser como Ciro, “ese personaje bíblico que Dios mandó a liberar al pueblo de Israel en Babilonia”; también ha dado testimonios impresionantes, como el de que se arrodilla a orar en la ducha, aunque avergonzado con Dios por esta falta de solemnidad; y ha liderado cadenas de oración en compañía de su vicepresidente, un creyente católico que acompaña en retiros espirituales a parejas en crisis, y que mencionó su deseo de reconsagrar la nación al Sagrado Corazón de Jesús.
Hasta aquí, vaya y venga la rezandería; pero han ido más lejos. Como bien lo señaló en extraordinaria columna María Jimena Duzán, DLE ha reencauchado al turbio Carlos Alonso Lucio, primero guerrillero y después asesor y facilitador en los diálogos de paz que adelantó el Gobierno de Álvaro Uribe con las AUC, y exconvicto, pues purgó dos años y seis meses en una casa-cárcel acusado de falsa denuncia. Lucio estuvo a cargo del Arca de Noé, un proyecto de la Patria Milagro. “Gloria a Dios”, dijo en el sermón que pronunció hace unos días, “porque en medio del diluvio nos permitió construir un arca, el arca de Noé (…) a la hora de la Patria”. Pues bien: este político fluctuante propuso hace unos años limitar la adopción solo a parejas heterosexuales; lo hizo de mano de su esposa, Viviane Morales, exfiscal de la Nación y militante cristiana, ahora ministra de Educación, quien en un video reciente afirmó que “hay que sacar a Marx de las aulas y meter a Dios” para recuperar “los principios y valores cristianos”. Lo lógico es que no haya adoctrinamiento ninguno en las escuelas.
Habría que recordar que Colombia es un Estado laico, y que, si bien cada uno puede expresar sus creencias religiosas, imponerlas desde el poder equivale a burlar la Constitución de 1991 y la jurisprudencia de la Corte Constitucional.