4 Jul 2021 - 5:30 a. m.

Dureza del alma

Piedad Bonnett

Piedad Bonnett

Columnista

Nada fue fácil —no podía serlo— en el encuentro entre las víctimas, lideradas por Íngrid Betancourt, y sus victimarios, los ex jefes guerrilleros de las antiguas Farc. Era ingenuo esperar que un primer encuentro fuera fluido, lleno de reconocimientos espontáneos y perdones emotivos, pues se trata de un proceso doloroso, en el que no faltan los miedos, la cautela, las prevenciones, las mezquindades, la cobardía. Después de tanta muerte ignominiosa, tanta tortura, vejación y maltrato, fue apenas natural que de la boca de las víctimas no aflorara un discurso sereno sobre la paz, sino acusaciones, lágrimas, reclamos. En todo proceso de solución de conflictos este es un paso necesario: evidenciar la magnitud del dolor, de la indignación, de la rabia. Otra cosa habría sido falsa, impostada. Y lo que siguió fue previsible: como pasa tantas veces a la hora de la confrontación, los señalados, los culpables, en vez de abrirse con sus propias verdades, o fueron tímidos en sus reconocimientos, retóricos, o se enconcharon en caparazones impenetrables. Algunas explicaciones se han dado: alguno de ellos adujo que no querían hacer de ese momento un espectáculo para el público; los politólogos, que saben leer estos hechos, han dicho que a los Comunes no les interesa pedir perdón de forma abierta, porque los puede perjudicar políticamente; y muchos ciudadanos se quejaron de que el escenario fuera un teatro, pues lo relacionan con farsa o representación. Refuto esto último diciendo que la exposición de las verdades de los actores del conflicto debe ser pública y esto no implica que haya “montaje”, y que, como en el teatro, su enunciación desde el drama privado aspira a incomodar, a suscitar reflexiones, a conmover, a provocar catarsis y a despertar empatía.

De todas las acusaciones que hubo ese día, la más triste fue la que hizo Íngrid a sus captores: “Les faltó compasión”. Afirmación que complementó, en una entrevista, con estas duras palabras: “Cuando uno recibe una orden y mata a un ser humano con el que habla, come, juega ajedrez, es porque algo en la cabeza no funciona o algo en el corazón se rompió. Y eso fue lo que sentí: dureza del alma”. García Márquez, para mostrar los estragos que la violencia hace en los corazones, narró cómo al regresar de la guerra un frío en los huesos se apoderó del coronel Aureliano Buendía, que debía estar siempre envuelto en una manta, aun en medio del sofocante calor de Macondo. ¿En verdad, me pregunto, los excomandantes de las Farc fueron deshumanizados por la guerra? Yo quisiera creer que no. De todas maneras, a la hora de la muerte el coronel se permite un arrebato de nostalgia y de tristeza cuando revisa su vida. Pero necesitaríamos que, como Íngrid, se permitan exponer sus sentimientos. También ellos, muy seguramente, como el coronel Aureliano Buendía, tomaron las armas en nombre de un ideal, de un deseo de cambio. Si reconocieran, con grandeza de corazón, que la guerra se fue degradando, que se les salió de las manos, que fueron crueles y cayeron en actos abyectos, la sociedad estaría más dispuesta a perdonarlos. Y a reconocer que su reciente elección del camino de la paz es lo que les permite hoy redimir sus vidas, agotadas en una guerra estéril, y redimirse con el pueblo colombiano.

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