Hace unos pocos días estuvo en Bogotá un profesor cubano que vino cinco días por cuestión de trabajo. Su testimonio sobre la magnitud de la crisis por la que pasa Cuba resulta estremecedor: apagones de hasta 12 horas que ponen en riesgo vidas en cuidados intensivos e incubadoras infantiles, desabastecimiento de agua potable, calles invadidas de basuras que amenazan con epidemias tan graves como la de chikunguña del año pasado, cancelación de vuelos de casi todas las aerolíneas y la salud en una crisis ya imparable. Una sonda vesical para la uretra se consigue en el mercado negro. ¿Pero, y la crema para poder introducirla? En su maleta el profesor llevó cosas impensables, como una estufita eléctrica –que no sabía si iba a poder usar–, repuestos diversos y los medicamentos más esenciales: antidiarreicos, antigripales, desinfectantes para las heridas, algodón.
La escritora Karla Suárez, que salió de Cuba hace 25 años, contó en un pódcast de 2023 las maromas de los cubanos en el exilio cuando, antes de viajar a la isla, llenan la maleta de encargos que van desde leche en polvo y pañales, hasta un filtro para una tubería, o medias elásticas para las várices. Y la maleta va cambiando, porque “es cada vez volver a un país que ya no conoces”, donde las necesidades crecen y casi todos los amigos se han ido. Se calcula que, por carencias –la pensión básica es de 4.000 pesos cubanos (unos cinco dólares mensuales)– tan solo desde 2022 la isla ha sido abandonada por 2,5 millones de personas.
Mucha de esa precariedad histórica se debe al embargo norteamericano, pero esta vez la crisis se ha agravado hasta puntos extremos por el implacable asedio petrolero de Trump. Sin embargo, desde hace ya mucho no todo puede explicarse desde ahí. Un informe de este año del Instituto Elcano de España habla de la corrupción y la codicia “de una oligarquía que no adquirió su fortuna de manera meritocrática, sino por nepotismo y latrocinio”. Y de que, por ejemplo, entre 2024 y 2025 el gobierno cubano exportó el 60 % del petróleo de Venezuela a mercados asiáticos, en vez de mejorar con él la vida de sus ciudadanos.
Es necesaria la solidaridad internacional con Cuba. Pero también que los que hoy hinchan su pecho invocando ayuda no omitan, llevados por el sesgo ideológico, que en Cuba hay una dictadura que sigue restringiendo libertades y atropellando los derechos humanos, como denuncia con detalle Human Rights Watch en informe reciente, y que en 67 años de la revolución –un sueño que muchos defendimos hasta que se volvió indefendible– ha habido desde persecución a los homosexuales hasta acallamiento de la disidencia con mecanismos tan disociadores como los Comités de Defensa de la Revolución, aparatos perversos de delación de vecinos. Yo misma, que hice al menos seis viajes a Cuba a eventos literarios, sufrí hace años un intento de censura cuando en la Feria del Libro presentaba Lo que no tiene nombre. “En Cuba no se habla de suicidio”, fue la frase perentoria que oí aquel día, en que renuncié a volver.
Una intervención militar como la de Venezuela sería una gran equivocación de Trump. Pero el mundo espera que el régimen, presionado por la resistencia civil, acepte su fracaso y devuelva la democracia a un pueblo cansado sufrir.