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Todos los años los medios celebran la asistencia multitudinaria a la Feria del Libro, la calidad de los invitados y el crecimiento de la industria editorial. Y sí, eso hay que celebrarlo, sobre todo la programación, en general muy buena, y el fervor del público tan diverso que va a oír a los escritores y a comprar libros. Sin embargo, por el bien de un evento que se ha convertido en patrimonio de los colombianos, vale la pena que los aguafiestas nos atrevamos a decir —o a repetir cada año, sin que a nadie le importe— lo que esas notas no dicen.
Comencemos por lo visible: asistir a la feria en los fines de semana se ha vuelto una experiencia infernal. Los parqueaderos, aunque enormes, son insuficientes. La alternativa es el transporte público, pero los trancones en los alrededores son tan insoportables que los taxistas ya no quieren ir hasta allá, porque solo recorrer las últimas diez cuadras puede llevar hasta cuarenta minutos. ¿A quién correspondería mejorar este problema? Pues a Corferias y a la Alcaldía, si se sentaran a analizar cómo hacerlo, y les importara.
Aunque anuncian que el aforo es limitado, hay colas inmensas para todo: para entrar a los pabellones, para comprar comida y hasta para entrar con boletas compradas en línea. Y ver los libros es casi imposible. Algunos dirán que tan chévere. No. Es asfixiante, y si analizamos las causas, escandaloso. En primer lugar, no hay personal suficiente para atender más accesos. Pero, además, como cada centímetro cuadrado les cuesta una millonada a los expositores y a la misma Cámara del Libro, porque Corferias cobra carísimo y por todo (las editoriales, por ejemplo, deben pagar hasta los servicios de internet), los espacios para transitar son cada vez más estrechos porque los han ido llenando de carpas, ventorrillos hasta de peluches, y sitios de comida atiborrados y carísimos. De ahí que muchos asistentes, con razón, lleven su almuerzo. ¿Y dónde se lo comen? Sentados en cualquier murito o en los corredores. Si pensaran en el bienestar de los compradores —que no son solo eso, sino lectores de hecho o en potencia—, les crearían espacios dignos para las pausas de descanso.
Y lo invisible. En los últimos tres años, el día de la inauguración, al lado de diez o doce hombres en la mesa de las autoridades, no ha habido sino una mujer; en el mejor de los casos, una escritora. ¿Por qué? Porque, como corresponde en una sociedad patriarcal, allí están representados los distintos poderes detrás de la feria, que ni siquiera consideran importante que esté en ella la directora de la misma. Y, sin embargo, todo el trabajo previo, el que hace que asista tanta gente, es realizado por ocho —¡ocho!— personas de la Cámara del Libro, que son —qué paradoja— casi todas mujeres, sometidas a las tensiones de manejar la carga inmensa de la programación, y de que la realización sea impecable. El director de Corferias ha anunciado la “modernización” del recinto ferial. Esperemos que dicha modernización vaya más allá de lo estético. Que se solucione el ruido que invade algunos salones, y que, con la Cámara del Libro, se atrevan a replantearse los elementos estructurales que hoy no solo desvirtúan el espíritu de la feria, sino que la convierten en una experiencia agotadora.
