El escándalo político ha existido siempre, pero tal vez nunca ha sido consumido por las masas con la intensidad de hoy, cuando muchos líderes mundiales actúan como influencers tiktokeros, cuando no como payasos que entretienen al público a punta de despropósitos. En el gobierno de Gustavo Petro no cabe un escándalo más. Los hay deliberados, buscados, estratégicos: son los provocados por el talante provocador del mismo presidente, que no desperdicia oportunidad de levantar ampolla, denigrar, mortificar. Y están los otros, los involuntarios, causados por la desfachatez o la corrupción desatada de sus funcionarios, que salen a la luz gracias a las investigaciones periodísticas.
Escándalos ha habido para todos los gustos: sexuales —el presidente de la mano de una mujer trans, el congresista Álex Flórez borracho armando una gresca en el hotel Caribe cuando trataba de entrar a una acompañante, denuncias de acoso contra Hollman Morris y Víctor de Currea-Lugo, un viceministro de la igualdad que debe renunciar por enviar a una colega una foto de sus partes íntimas—. De abuso de poder, maltrato laboral, machismo y violencia contra las mujeres —Álvaro Leyva en Cancillería, Támara Ospina en Minigualdad, de Benedetti contra Laura Sarabia y su propia mujer—. De corrupción —Nicolás Petro, UNGRD, los ministros Ricardo Bonilla y Luis Fernando Velasco, Ecopetrol, Juliana Guerrero y muchos más—. De presunta infiltración de las disidencias de las FARC dentro de la cúpula militar y de inteligencia del Estado. Y los que se desprenden de fuego amigo, que existen desde que empezó este Gobierno, pero cuyo último capítulo, protagonizado por Angie Rodríguez y Carlos Carrillo, con salpicaduras a muchos otros, tiene rasgos tanto sórdidos como caricaturescos.
“Fugacidad e intensidad son las cualidades del escándalo —escribe Beatriz Sarlo—, porque si se prolonga se convierte en noticia”. Y las condiciones para que sea exitoso, nos dice ella misma, es necesario que se imponga como tema del día, y que el periodismo y las redes puedan exprimirlo hasta la última gota, antes de que venga otro y lo desplace. El escándalo garantiza que los protagonistas estén en primera plana, que los medios se ocupen de él y que el público lo siga con avidez enfermiza. Por eso puede ser provocado y convertirse en estrategia. “Al escándalo exitoso se llega por acumulación”, y es una necesidad del que lo promueve, que quiere estar siempre en foco, y del público que sigue los detalles como si de una serie se tratara.
Las consecuencias de los escándalos que se acumulan uno tras otro son varias: las investigaciones periodísticas no logran seguirlos hasta el final y por tanto el ciudadano les pierde el hilo; y aunque modifiquen la opinión de algunos, en la gran mayoría tiene un efecto de desgaste: las gentes ya no solo no saben qué pensar al respecto, sino que ven menguada la capacidad de indignación. Porque el escándalo, cuya naturaleza debería ser la de lo excepcional, al convertirse en cotidiano se naturaliza y adormece. Tal vez eso explique que ya nada pareciera ni asombrar ni indignar. Algo que, tristemente, también ha pasado en este país con la violencia: la acumulación de masacres devasta la conciencia y se convierte en triste indiferencia.