20 Dec 2020 - 3:30 a. m.

El humor va en serio

Circula desde hace varias navidades una caricatura muy significativa, en la que uno de los Reyes Magos regresa del pesebre hasta donde lo esperan sus dos compañeros y les da una noticia que los sorprende: “¡Es niña!”. El humor, que tiene la virtud de iluminar ángulos insólitos de la realidad torciéndole el cuello a la lógica cotidiana, pone en cuestión aquí, con gran finura, la tradición que ha consagrado por siglos la hegemonía masculina. Este año, sin embargo, un “gracioso” local le puso a la caricatura un título que le da una vuelta de tuerca. El letrero está mal redactado pero se alcanza a entender su sentido: “Lo que faltaba del 2020”. Cuando le reclamé al amigo que lo estaba compartiendo diciéndole que no le veía gracia a ese chiste sexista, mostró cierta estupefacción: no entendía por qué afirmar que “lo único que nos faltaba en 2020 es que el Mesías fuera una niña” fuera algo ofensivo. “Es que el feminismo se encarga de tergiversar todo”, afirmó.

Este pequeño evento me hizo comprender hasta qué punto puede estar naturalizado el machismo, así como el racismo, la homofobia, etc. Y por qué resulta tan difícil cambiar las mentalidades. Creo, por ejemplo, que en Colombia no ha terminado de desterrarse la idea de que al padre proveedor se le rinde pleitesía y no se le contradice, como a un reyezuelo al que se le teme. Porque así se siente él y así se mueve. Del mismo modo que en muchas familias latinoamericanas, todavía hoy, se le sirve la ración más grande al padre a expensas de sus hijos pequeños. “Él da para todo”, es la respuesta que dan algunas mujeres en pleno siglo XXI a la pregunta sobre las bondades de su compañero. Supe de un caso en el que el padre sólo le dio su apellido al hijo varón, dejando sin él a sus hermanas mayores.

Las cosas en algo han cambiado, por fortuna, pero no tanto. En el 1, 2, 3 de CM&, por ejemplo, a menudo los memes que muestran como divertidos —y quien los presenta es una mujer, aunque no necesariamente es la que los elige— son burdas representaciones de esposas burladas, caricaturizadas como brujas, etc. Un tipo de humor mandado a recoger, como el que en otros tiempos se hacía a costa de negros, discapacitados y homosexuales. Todo lo que se saliera del “orden” masculino-blanco-heterosexual-sano podía ser ridiculizado de la manera más incompasiva y violenta.

Recordé también, a propósito de todo esto, que hace más de 20 años un corresponsal en Cartagena dio la noticia de que a la ciudad había arribado un barco lleno de “locas”. Lo dijo así, sin mosquearse, y lo repitió varias veces. Escribí quejándome a Juan Gossaín, y por cierto él contestó con lo que Duque llamaría “gran gallardía”. El lenguaje jalona cambios importantes y los cambios sociales, a su vez, modifican el lenguaje. Lo mismo pasa con el humor. No se trata de que este pierda su carácter urticante, su capacidad de provocar y subvertir. Sino de que se sume a la batalla contra las simplificaciones y los estereotipos. Como lo hizo el autor de la caricatura sobre la Navidad, que supo leer con agudeza —y humor— los nuevos tiempos.

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