En columna reciente, titulada “Cantar en medio del desastre”, el músico Iván Benavides plantea lo que está pasando en el mundo de la música: “Jamás habíamos producido tantos contenidos artísticos, tantas canciones, tanta innovación, sin dejar memoria. Con algunas notables excepciones, jamás habíamos producido tanta basura”. Esa debacle la interpreta muy acertadamente: la libertad de mercado ha instalado un modelo de capitalismo salvaje que se ha encargado de “la consolidación de industrias culturales concentradas, asimétricas y tendientes a la estandarización”. Un fenómeno que no solo afecta a la música y que es parte de lo que yo llamaría, aunque suene hiperbólico, decadencia de occidente, y él, en términos parecidos, síntoma “de una crisis civilizatoria sin precedentes”.
El fenómeno de la estandarización de la música que la ha convertido, como todo lo que toca la voracidad capitalista, en vulgar mercancía, lamentablemente se da también en el cine, donde cada vez más proliferan productos de quinta, llenos de clichés y tonterías. Con un agravante: las plataformas, que muchos sostienen que democratizan el cine, lo que han hecho es lo contrario. Las películas que uno quisiera ver están desperdigadas en todas ellas. Y yo pregunto: ¿quién puede estar suscrito a Netflix, Amazon Prime, HBO, Disney, MGM, y tal vez otras, al mismo tiempo? Pues la gente con poder adquisitivo, y me imagino que con mucho tiempo. Con un agravante, que tal vez me haga ver como una nostálgica: la industria así concebida, como se sabe, está acabando con los teatros, que propician, ni más ni menos que la experiencia colectiva, esa sensación de ritual y de participación comunitaria que, por fortuna, todavía se vive en los conciertos. Lo que se pone en evidencia es una agudización del individualismo, con todo lo que este tiene de empobrecedor, pues jamás será igual ver una película en el televisor que en la pantalla grande y disfrutando de la calidad del sonido. Como escribí en otra columna, de esto se quejaba Dennis Villeneuve, el director de Blade Runner 2049, a raíz del estreno de su película Dunne: “Es de lejos la mejor película que he hecho. Mi equipo y yo dedicamos más de tres años de nuestras vidas para hacerla una experiencia única en la gran pantalla. La imagen y el sonido de nuestra película fueron meticulosamente diseñados para ser vistos en las salas de cine”.
Esta tendencia a hacer todo en la casa, comenzando por el trabajo a distancia, la potenció la pandemia, con resultados buenos y malos. Una de sus bondades, según las cifras, fue que favoreció a la industria editorial, tal vez porque leer, por naturaleza, es un acto íntimo, que resulta mejor en soledad y silencio. Y la pandemia creó lectores nuevos y estimuló a los que siempre han leído, porque los acompañó más que nunca en aquellas horas muertas. El resultado es que hoy, por lo menos en las grandes ciudades, las librerías se fortalecieron, y hoy siguen siendo lugares vivos donde la gente se reúne. La literatura mala también abunda, todo hay que decirlo, pero creo que hoy en día un escritor está menos precarizado que un músico, que, como dice Benavides, si no tiene recursos “se ve forzado a la autoexplotación, a ser entrepreneur, ‘creador de contenidos’, prestador de servicios”.