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Entre los palos

Piedad Bonnett

21 de junio de 2026 - 12:07 a. m.

La pregunta que muchos nos hacemos es: si según varias encuestas el 40 o 45 % de los colombianos se consideran de centro, ¿por qué en segunda vuelta terminaron ganando dos candidatos de extrema? La respuesta la tendrán que dar los analistas políticos, pero yo me atrevería a decir que las encuestas incidieron enormemente en la votación en la primera, porque muchos de ese centro temieron botar su voto cuando ya se daban como ganadores a Cepeda y De la Espriella. Ahora el factor determinante parece ser el miedo, y la alternativa, votar por el que menos daño vaya a causar. Y para votar así hay que hacerse el de la vista gorda y rendirse al relativismo moral. Ignorar, por ejemplo, que los dos candidatos ni siquiera hicieron la concesión de debatir: el uno encerrado en su soberbia, el otro sobrado y humillante y retador. O que los discursos del 31 de mayo nos mostraron dos energúmenos sin capacidad de sindéresis, atrincherados y amenazantes los dos, sin el menor rastro de serenidad. Aunque el que verdaderamente sorprendió con esta actitud belicosa fue Iván Cepeda —que se dejó llevar por la rabia y peló el cobre—, porque Abelardo siempre se ha mostrado —y esa ha sido siempre su estrategia— como un matón dispuesto a usar la fuerza y a exterminar al distinto.

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Estamos, pues, ante dos cegueras: la de los recalcitrantes fundamentalistas que defienden a su candidato negándose a ver (o a reconocer) en él las más mínimas fisuras, y la de los que, viéndolas, las minimizan para poder votar sin sentir culpas. Los primeros no tienen problema, porque no tienen reticencias ni cívicas ni éticas. He visto, por ejemplo, que frente a los sólidos argumentos de un periodista que muestra vínculos non sanctos de De la Espiella, hay gente que dice “no me importa” o “me resbala”, o que tacha de “comunista” o de “incompetente” al que está rindiendo el informe; o personas que niegan que es grave el silencio de Cepeda frente al chavismo, o que es oportunismo de última hora decir que se “suspende” la constituyente, un verbo que no garantiza nada. El votante indeciso —que es el que se considera de centro— es el que siente que está en una encrucijada que le produce un profundo malestar: su elección le significa tener que tragarse unos cuantos sapos, y apostar por el menos malo a sabiendas de los riesgos que corre el país.

Por supuesto que esta disyuntiva entre dos candidatos que no convencen no es la primera que enfrentamos los colombianos. En las elecciones pasadas tuvimos que elegir entre un vejete irresponsable y un populista de izquierda que ya había demostrado su incompetencia a la hora de gobernar. Pero ahora la elección compromete de manera más grave el destino del país: estamos condenados a escoger entre una izquierda que ya hemos visto en acción, anacrónica y populista, que ha endeudado el país, y una ultraderecha que amenaza derechos conquistados durante décadas; entre un candidato que está de acuerdo con el desastre de la paz total y con la destrucción sistemática del sistema de salud, y otro que quiere acabar con la mitad de los ministerios y que es incondicional con Donald Trump. Lo triste de haber llegado a este punto, es que hemos tenido que renunciar al matiz y a la complejidad argumentativa, que es lo que no conocen los extremos.

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