Creo que nunca antes se habló tanto de salud mental como ahora, y, sin embargo, todavía el tema no se enfrenta lo suficiente, y persisten la incomprensión y el estigma sobre la enfermedad mental. Las afectaciones mentales son mucho más amplias de lo que la gente imagina. Sabemos de la depresión, la bipolaridad, el estrés postraumático, el trastorno límite de la personalidad, la paranoia y la esquizofrenia, entre otras. Pero también el duelo, las fobias, la violencia intrafamiliar, el desplazamiento, el acoso, el abuso sexual, la enfermedad y la soledad o el abandono pueden causar daños importantes a la salud mental. Hoy somos conscientes, por ejemplo, de que la pandemia dejó secuelas mentales en muchas personas, pero también que las pantallas están causando traumas enormes en niños y adolescentes, pues inducen la dismorfia, facilitan el bullying o permiten acceder a contenidos perturbadores, hasta el punto de causar suicidios. De ahí que sea tan pertinente la discusión sobre la permisividad con los celulares en la escuela.
Pues bien: a pesar de que la salud mental se menciona hoy con mucha más frecuencia, el rótulo de “enfermo mental” sigue usándose para invalidar los actos o las palabras de las personas que presentan alguna vulnerabilidad psíquica. Un caso flagrante de estigmatización fue el que cometió el presidente Petro con Angie Rodríguez, cuando, tratando de desvirtuar sus denuncias, la definió como una “paciente psiquiátrica”, incapacitada por su condición, que se dejaba manipular por los medios. En su deseo de destruir su reputación, violó su privacidad y usó información confidencial protegida por la ley, la de su historia clínica. Lo paradójico es que el ataque provino de un presidente que ha tenido que lidiar con numerosos rumores sobre sus posibles trastornos mentales, como los que desataron Lucio e Ingrid Betacur, esas joyitas, cuando dieron testimonio de haberlo visto tirado en el suelo en su apartamento en Bruselas. “No sé si son temas depresivos o de adicción”, dijo Ingrid aquella vez, traicionando la confidencialidad que le imponía la supuesta situación penosa de su anfitrión, que Petro desmintió.
También se vieron ligerezas y perversidades cuando hace unas semanas la joven psicóloga Catalina Giraldo, en vista de que no le fue concedido el suicidio asistido, se sometió a la eutanasia como una salida digna al enorme sufrimiento causado por las enfermedades mentales que padecía desde hace diez años. Catalina había sido diagnosticada con trastorno depresivo mayor severo y persistente, trastorno límite de la personalidad y trastorno de ansiedad generalizado, y había tenido varios intentos de suicidio, reiteradas hospitalizaciones, y hasta “40 esquemas farmacológicos distintos, años de psicoterapia, terapia electroconvulsiva e infusiones de ketamina”, sin resultado alguno. Los que desestimaron sus razones o calificaron de “epidemia” la eutanasia, banalizando semejante decisión, no entienden la magnitud del horror que la enfermedad mental puede acarrear a los que la padecen. Tanto, que en ciertos casos puede considerarse, aunque literalmente no lo sea, una enfermedad terminal.
P. D. No deja de parecer cínico darle la Orden de Boyacá al ministro de Salud, que tantas veces se portó como un cínico.