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La consagración de la vulgaridad

Piedad Bonnett

24 de mayo de 2026 - 12:07 a. m.

La vulgaridad ha existido siempre, por supuesto, pero jamás la habíamos visto tan celebrada como en esta época. Lipovetsky y Serroy, en un libro sobre el kitsch, proponen que es una de las muchas consecuencias de lo que llaman “la sociedad del demasiado”, en la que la sobriedad resulta aburrida y el sentido del ridículo se ha perdido. La ostentación del mal gusto comienza —señalan— en el ámbito del gran lujo, de los ultramillonarios, que exhiben “los artículos con la marca bien visible, los enormes relojes de oro, los monogramas ostentosos de las mayores marcas mundiales”, exhibición que gusta “a las nuevas fortunas del planeta, al mundo de los narcotraficantes y del crimen organizado, a las estrellas del fútbol, del espectáculo y de Hollywood”. Pero se manifiesta también en la cultura comercial consumida por las masas, que mezcla espectacularidad y cursilería, y estandarización y mediocridad, generando obras vulgares y estereotipadas. Lo vemos en ciertos géneros musicales, en los realities, y hasta en las galas de las grandes estrellas.

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Pero ese gusto por lo vulgar va más lejos, a terrenos más dañinos, que tocan lo ético y lo moral. Muchos poderosos, políticos e influencers gozan de impunidad a pesar de solazarse en el insulto soez, el chiste chabacano, la grosera crueldad. El gran ejemplo, ya habrán adivinado, lo da el señor Trump que, como es machista y sexista, y además odia la libertad de prensa, llamó “perra” a Omarosa Manigault, retó a una reportera de la cadena CBS con un “¿eres una persona estúpida?”, le dijo “cerda” a la comediante Rosie O’Donell, y de la expresentadora de Fox Megyn Kelly comentó: “Se podía ver sangre saliendo de sus ojos, sangre saliendo de su... de donde sea”. No son raros sus comentarios lascivos y su evaluación de las mujeres solo en términos de fealdad y belleza. Como es racista, llamó “países de mierda” a Haití y las naciones africanas, y parásitos y violadores a los migrantes mexicanos, y de la Casa Blanca dijo que era “una casa de mierda” que él estaba arreglando “de su propio bolsillo”.

Entre los candidatos encontramos una versión local de Trump, del gusto kitsch y de la sociedad del exceso. Es Abelardo, que se promociona, como en espectáculo de feria, con fuegos artificiales, espectáculo de drones y bailoteos; que se jacta de sus millones y sus talentos; que cuenta que de niño “me la pasaba el día viendo la manera de hacer plata”; que desmiente que pagó a los paramilitares 400 mil millones, pero añade “y si eso fuera cierto, ¿cuál es el problema?”; que asegura que “las mujeres lindas, el poder y el dinero se parecen” y que “Colombia es una mujer que no es tan agraciada pero que se arregla espectacular, te consiente y además te cocina”; que dice que le fascinan las armas, que “hay unos revólveres divinos” y que quiere destripar a la izquierda.

Como también él detesta la prensa, ha denunciado penalmente a varios periodistas; y con esa sonrisa suya tan parecida a la del gato de Cheshire, pero con rabia incontrolable, trató a María Lucía Fernández de ignorante y mala investigadora; y no dudó en mostrarle a otra periodista, con lasciva socarronería, el supuesto tamaño de sus genitales en una foto: “¿Qué ves aquí, cariño? Ven, acércalo, dale zoom”. Qué finura.

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