El uso de la camiseta de la selección Colombia por parte de la campaña de Abelardo no es, como insisten algunos, inofensivo. Ni tampoco original. La misma apropiación del símbolo de unidad nacional para identificarlo con un movimiento político —o sea, para dividir— ya la hizo Bolsonaro en Brasil con su partido de derecha, al punto de que sus opositores dejaron de usarla para no ser identificados como sus partidarios. Detrás está, claro, la nefasta propuesta nacionalista, y también la patria de mano al pecho de Uribe y la “patria milagro” de Abelardo.
Tampoco es original la identificación de Abelardo con un tigre: Milei lo hace con un león. Y hasta Petro quiso endilgarle el jaguar a Cepeda, con un sentido ecológico, pero el símbolo no pegó. La bravura amenazante de los animales escogidos, por ejemplo, se puede relacionar fácilmente con la condición de machos machotes que muchos políticos quieren mostrar hoy. Putin exhibe su musculatura mientras levanta pesas o caza una ballena con un arpón. Abelardo alardea de su miembro viril. Trump se jacta de ser un conquistador de mujeres. No es raro, pues, que estos personajes sean homofóbicos. Que exhiban a sus bellas mujeres como trofeos, o las presenten como esposas abnegadas. O que tengan gestos y retórica guerrerista como el saludo militar, términos como “destripar”, o consignas como la de “Libertad o muerte”, de Petro, y la de “balín para los bandidos”, de Santiago Botero.
Todo en el lenguaje de una campaña política tiene un propósito. Por eso, de la mano de la semiótica, la disciplina que estudia “la forma en que se comunican los significados”, es relativamente sencillo “leer” qué transmiten los símbolos usados y qué emociones buscan despertar en los votantes. Por otra parte, cuando las instituciones y los partidos pierden credibilidad, los políticos lo que venden es un “estilo” personal, que incluye mostrar su intimidad. Paloma Valencia, por ejemplo, le apostó al sentimentalismo rosa, y nos mostró, en manipulación inconcebible, el “drama” de despertar a su hija para despedirse, y cómo esta juega a arengar a las masas, como su madre, pero en medio de sus peluches. Todo eso a las cinco de la mañana, hora en que miles mujeres están dejando a sus hijos para irse a batallar por el pan cotidiano. El mismo kitsch rosa lo encontramos en el video Volare, donde De la Espriella y su familia disfrutan de una fiesta con castillo y flores y encajes en la campiña italiana, donde todo es lujo y, por supuesto, esnobismo. Y hay más en la derecha populista: rosarios en familia, cadenas de oración, estampas religiosas e iglesias cristianas.
La propaganda histórica de la izquierda internacional, por otra parte, ha tendido a la caricatura. Piensen en la estética maoísta o stalinista. En esta coyuntura encontramos dos vertientes: la sensiblera de Petro, romántica y nostálgica —mariposas amarillas, espada de Bolívar—; y la de Cepeda, que, con sus carteles de figuras recortadas, brazos en alto y elementos étnicos, evoca el realismo socialista. Su retórica es seca y con lugares comunes. Y en su adustez, el candidato protege lo íntimo.
¿Qué de estas simbologías seduce a los votantes? Propongan ustedes, queridos lectores, porque a mí se me acabó el espacio y la materia es amplia.