Confieso que cuando la editorial me envió Un himno a la vida, el reciente libro de Lumen sobre la vida de Gisèle Pelicot, no me interesé en él. El título me resulta cursi, y el tema me hizo pensar, prejuiciadamente, que sería uno de esos efímeros best sellers de coyuntura, que no contienen nada que uno ya no sepa, en este caso tal vez con intenciones aleccionadoras y moraleja. Por fortuna, una conversación con la periodista Ana Cristina Restrepo me animó a leerlo, y lo que encontré fue un testimonio impactante, por momentos aterrador, que interpela a una sociedad que revictimiza a las víctimas de abuso sexual.
Gisèle Pelicot es la francesa que durante diez años fue drogada y violada por su marido y por más de cincuenta hombres desconocidos que él invitó a su casa para que abusaran de ella mientras grababa el escarnio. El primer gran logro del libro es que se basa en una enorme conversación entre Pelicot y la periodista francesa Judith Perrignon, que reorganiza el relato con un talento extraordinario y en primera persona, lo que nos permite oír la voz Gisèle, con sus dudas y sus certezas, sus infinitas preguntas y su humor, que también lo tiene. El otro logro es que el libro no se concentra en el horror —aunque es su nódulo—, sino que reconstruye con muchos detalles la vida de esta valiente mujer, con sus conquistas e incoherencias, alegrías y penurias, desde la temprana muerte de la madre y los maltratos de su madrastra, hasta los cincuenta años de matrimonio, llenos de pequeños altibajos y dificultades, y —quién lo creyera— de muchos ratos de felicidad, apoyo mutuo, complicidad y sana locura. Gisèle se va construyendo ante nuestros ojos como una mujer muy viva, inteligente, a veces insegura, y, sobre todo, buena y protectora por naturaleza.
La pregunta que parecería fundamental es la de cómo se explica la conducta monstruosa del señor Pelicot, como lo llama su exmujer; y las respuestas las encontramos en el libro en boca de los siquiatras y especialistas: doble personalidad, sicopatía, y todas las formas de la parafilia. Aunque tal vez la explicación más reveladora la da en el juicio el propio verdugo, que declaró que había querido someter “a una mujer insumisa”. Pero la gran pregunta, en verdad, la que no tiene respuesta —o tiene muchas— es qué puede llevar a más de cincuenta hombres, de todas las edades, a violar de las más abyectas formas a una mujer inconsciente. “Este juicio —dijo uno de sus abogados— será el de la cultura de la violación (…) un testamento para las generaciones futuras”.
Gisèle Pelicot, que decidió que el juicio fuera público, en una actitud militante que quiso trasladar por una vez la vergüenza de la víctima a los victimarios, narra de qué magnitud fue la revictimización que sufrió: el ensañamiento de los medios, las acusaciones de supuesta complicidad, las burlas sobre su edad, las frases estigmatizantes de la defensa. “Me sentía como si yo fuera la acusada, con cincuenta víctimas frente a mí”. Por fortuna, también da testimonio del apoyo de cientos de mujeres que la vitorearon a las puertas del tribunal y que le envían cartas conmovedoras y del respaldo importantísimo del Estado francés, que condenó a todos los canallas que la violaron. Un himno a la justicia.