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La muerte del prójimo

Piedad Bonnett

14 de junio de 2026 - 12:07 a. m.

Resulta impactante ver el video de varios minutos en el que aparece un grupo numeroso hombres y mujeres enfrascados en una riña feroz mientras van en un planchón por la represa de Guatapé. Todo parece indicar que se trataba de jóvenes del barrio Manrique de Medellín que gozaban de una fiesta de guaracha en la que participaba un conocido DJ. Lo que en esencia vemos es un ensañamiento contra una persona, un muchacho de 22 años llamado Alexánder Avendaño, a quien en cierto momento arrastran por el piso, despojan de parte de la ropa y acorralan contra una de las barandillas de la embarcación. A pesar de que la hermana iba entre el grupo, no se ha podido confirmar cuál fue la causa del enfrentamiento, pero hay testimonios que aseguran que Alexánder había estado enseñando sus genitales a algunas mujeres. Se habla también de alcohol y consumo de drogas. Lo cierto, porque así lo muestran las imágenes, es que nadie llevaba chaleco salvavidas. En medio de la trifulca se oyen insultos y la voz de una mujer que repite “ahóguenlo”. Un acoso en manada, con instigaciones de muerte, que termina en una escena estremecedora: Alexánder, como reacción al acoso que no cesa, se tira al agua. Se oye la voz de su hermana —ya sabemos que es la de ella— que grita “no sabe nadar”, y enseguida vemos el chapoteo desesperado del joven y cómo las aguas se lo tragan a la vista de todos, y de quien de forma impasible no ha dejado de grabar ni un segundo, buscando siempre el ángulo que capte a la víctima.

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Independientemente de lo que haya hecho Alexánder —algo que le corresponde esclarecer a las autoridades—, lo que vemos es un acto de barbarie, pero también una muestra de indolencia colectiva: la muchachada se va agolpando en la parte superior de la embarcación, y aunque hay expresiones de incredulidad, nadie intenta una acción salvadora, y ni siquiera una alerta a la tripulación, que parece no contar con ningún instrumento de rescate, ni siquiera con un salvavidas profesional. Casi como un signo de los tiempos, la impasibilidad de los testigos se resume en esa cámara que, sin sobresalto alguno, da cuenta del horror de una muerte con la misma calma con la que se registra un paisaje.

Imposible no recordar un episodio similar que causó un breve escándalo —porque en Colombia todo escándalo es arrasado por los miles que vienen a reemplazarlo—: el ahogamiento de Sara Millerey González el 4 de abril del año pasado, una mujer trans de 32 años, a quien desconocidos le rompieron previamente los brazos y las piernas, y la arrojaron luego a una quebrada al norte de Medellín, donde batalló por sobrevivir, sin éxito. También en esa ocasión apareció un video en que se ve a la mujer luchando con las aguas sin que nadie haga absolutamente nada.

Estos, como suelen decir los medios apelando al lugar común, tal vez sean hechos aislados, pero no por ello menos reveladores de la entraña enferma de una sociedad acostumbrada desde siempre a resolver sus conflictos con violencia. Y que, por lo mismo, y a pesar de llamarse católica, ha perdido capacidad de empatía, de respeto y de compasión por el otro.

P. D. Qué desastre el discurso deshilvanado y sin rigor ninguno del Petro en la ONU. Impenitente. Y que alguien, por favor, me explique la estética “urbana” de J Balvin.

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