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Hay historias que parecen destinadas a la literatura y el cine. Una de ellas es la del MV Hondius, el crucero que partió de Ushuaia con aproximadamente 88 pasajeros de 23 nacionalidades distintas y unos 60 tripulantes. Una pequeña arca de Noé muy exclusiva que se proponía “un épico viaje” por algunos de los lugares más apartados de la tierra para que sus clientes, que pagan hasta 25 mil dólares, pudieran observar fauna y flora, asistir a conferencias divulgativas y estar en contacto con la naturaleza más silvestre. No un crucero con casinos y fiestas de lujo extravagante, sino de personas curiosas, casi todas mayores. La enorme paradoja es que aquellos amantes de la naturaleza hayan sido precisamente sus víctimas. El hantavirus, en su variante Andes, originado por ratones de cola larga, probablemente entró al barco con un holandés que murió a los pocos días y puso en acción el drama.
El tópico de la convivencia en un lugar aislado, donde se potencian los conflictos de los personajes, y se puede llegar a picos de tensión o de claustrofobia que lindan con el terror, es frecuente en la literatura y el cine. El resplandor, de Stephen King; Otra vuelta de tuerca, de Henry James, o Nunca me dejes ir, de Kazuo Ishiguro, son algunos de esos relatos clásicos. Nada más propicio para eso que un trasatlántico, aun en condiciones de normalidad. Ni se diga asolado por un virus. Imaginemos, por un instante, el sufrimiento del holandés agonizando en su camarote, y en su mujer que, al dolor de quedar viuda en medio de ninguna parte, le suma el horror de empezar a sufrir de los mismos síntomas, que también van a causarle la muerte. Pero el barco, con un cadáver a bordo, no se detiene. Que muera uno que otro viejo en un crucero es cuestión de rutina, dijo uno de los tripulantes. El capitán, de manera inusual, anuncia que no hay peligro de contagios y el barco es seguro, no vaya a ser que los pasajeros, hasta entonces desentendidos, se pusieran nerviosillos, lo cual no iba a tardar tanto, pues días después muere una octogenaria alemana.
Lo que sigue, con todos sus ingredientes cinematográficos, puede resumirse así: un desembarco en Tristán da Cunha, el archipiélago habitado más remoto del planeta, donde alternaran con sus habitantes sin que sepamos hasta hoy si hubo contagios. La alarma, que llega por fin a oídos de los pasajeros y del mundo entero. La enfermedad del médico abnegado y de su asistente, porque en todo drama aflora una chispa de bondad. La confirmación de que el hantavirus se está transmitiendo de humano a humano. El confinamiento en sus camarotes del resto de pasajeros durante el resto del viaje, con graves consecuencias para su salud mental. La negativa de Cabo Verde al desembarco, y hasta la nota cómica del presidente autonómico de Canarias que también se opone argumentando que las ratas que imagina vienen en el barco, nadan muy rápido hacia tierra firme.
El director de la OMS llama a la calma, y asegura que no hay riesgo de otra pandemia. Pero la memoria viva de la todavía reciente despierta muchos fantasmas. Tantos, que la plataforma de predicciones Polymarket abrió ya sus apuestas con la pregunta “¿Pandemia de hantavirus en 2026?”. Hasta ahora, por fortuna, las probabilidades van en 10%. Estamos esperando la palabra FIN.
