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¿Y si la escribió con IA?

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La exclusión de la novela de Thélyson Orélien de la lista de candidatas al Premio Goncourt, después de que el detector ‘Pangram’ indicara una probabilidad del 100 % de haber sido escrita con IA, seguida de la misma acusación contra la novela del peruano David Silva, ganador del Premio Novela breve Almadía Ventosa-Arrufat, han desatado un debate importantísimo y necesario sobre si es ético que un escritor de literatura escriba sus libros con IA (que escriba, no que la use como herramienta de investigación, algo que ya todos hacemos). Para acabar de alborotar el avispero, en Francia acaban de crear el Premio Pascal para obras que reconozcan el uso de inteligencia artificial, siempre y cuando anexen un dossier explicando cómo usaron la herramienta, que incluye todos los grandes modelos de lenguaje. Parten ellos de que eso ya se está haciendo, y que lo que importa es que no se esconda y se aclare de qué manera se usó.

Las preguntas se agolpan: ¿qué tan infalibles son los detectores de IA? ¿Ésta es la encargada de examinarse a sí misma? ¿Qué recursos tiene un escritor que no acepte las inculpaciones –como el peruano David Silva– para probar su inocencia? Ya hay posibles respuestas sobre la mesa: recomendaciones de los agentes y los editores a sus autores de ir guardando las distintas versiones de su trabajo, por si acaso; y largos artículos de los creadores de ‘Pangram’ y de los que lo han aplicado, que muestran, con estadísticas, su altísima confiabilidad: obras enteras de los escritores vivos consagrados en que no hay el más mínimo indicio de escritura con IA, versus, por ejemplo, miles de libros infantiles o de autoayuda escritos con IA, con patrones perfectamente reconocibles.

Mucho más complejo es analizar qué es lo que pierde la literatura si se generaliza el uso de la escritura con IA y qué principios éticos estarían tambaleando. Solo alcanzo a expresar aquí una breve idea: que la mayor recompensa para un escritor es la dicha que lo acompaña cuando una idea prometedora se instala en su cabeza, el miedo al que va unida esa dicha, la forma en que su imaginación empieza a obrar mientras escribe, el esfuerzo que le significa cada verso o cada párrafo, la sorpresa que le causan sus propios hallazgos, la inquietud que lo acompaña muchas noches cuando, al irse a la cama, su cabeza sigue trabajando, inventando salidas, tratando de encontrar esa palabra que no le deparó la vigilia y que a veces le revela el sueño. Y eso durante días, meses y años, porque un libro no lo escribe un humano en un día, como sí puede hacerlo una máquina. Nada de eso significa nada, sin embargo, sin el lector, que es el que hace que el libro adquiera sentido. El que entrará –o no– en la singularidad del mundo que crea el escritor. En ese universo de ideas, emociones, complejidades humanas, dilemas éticos, belleza, fuerza expresiva del lenguaje que solo él puede expresar de esa manera (al que le da ese poder a una máquina no sé que nombre darle).

La desconfianza, infortunadamente, se ha instalado ya también en el mundo del libro. Hasta el punto, como dice la provocadora escritora española Cristina Fallarás, de que para desprestigiar a un escritor tal vez baste ahora con que un perverso eche a rodar la frase: “eso parece escrito con IA”.

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