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Las palabras son seres vivos que nacen, mueren y hasta se reproducen. El tiempo se lleva unas para siempre, aunque el diccionario las inmortaliza, y trae otras, que aparecen impelidas por descubrimientos, tecnologías, modas. Los jóvenes de hoy ya no saben qué es un azafate, ni dicen alharaca, taburete o alcanfor. Mis estudiantes quedaron patidifusos cuando les pedí que se hicieran en corro. Pero hoy usan con naturalidad neologismos como guglear, espóiler, milenial. Y en el habla coloquial abundan las palabras chispeantes, imaginativas, ingeniosas pero perecederas, que crean las jergas generacionales, y que abren abismos entre adultos y jóvenes.
Y hay términos que se imponen por moda y empiezan a invadirlo todo como mala yerba. La academia y ciertos circuitos literarios y artísticos son especialistas en acuñar algunos. La antipática palabra resiliencia, un anglicismo nacido del latín resiliens, ha sido una de las más resilientes. Pareciera tener más caché que sus sencillos sinónimos resistencia o fortaleza. Hasta no hace mucho “territorio” invadió arrasadora las artes plásticas, acompañada de palabrejas con ínfulas: territorios transformativos, identitarios, cardinales. Deconstrucción, un concepto del filósofo francés Derrida, se extendió a todos los territorios, valga esa palabra, y llegó incluso a aplicarse a la gastronomía, de modo que hoy podemos ser invitados a probar “cocina deconstruida”.
Pero no apuntemos tan alto: ahora a todo enunciado que alguien hilvana se le llama narrativa. La izquierda tiene una narrativa, la derecha otra, y hasta el centro tiene narrativa. Y de un momento a otro todo tiene trazabilidad, un término aportado por lo empresarial, como el horrible emprendimiento. En cuestión de verbos hay verdaderas joyas como transicionar, aperturar y recepcionar. Y los manuales de autoayuda juntan dos términos de dos mundos opuestos: tramitar las emociones. El feminismo, por su parte, entre muchos otros términos que nombran lo nunca antes nombrado, y que por tanto son útiles a pesar de su fealdad, aporta dos que yo no soporto (porque uno tiene derecho a odiar o a amar las palabras): sororidad y maternar. Ahora las mujeres maternan y me imagino que los hombres paternan. No olvidemos el horrible empoderamiento, del inglés empowerment. Y ya algo no es poderoso, sino potente, y las mujeres dejaron de ser aguerridas para ser guerreras.
Juntanza es ahora usada por muchos, como también mayoras y ancestras. Y entre las más manoseadas y aplicadas de cualquier manera, están nazi y fascismo, y la pobre Patria, que se debe pronunciar con la mano firme en el corazón grande, o haciendo un saludo militar. Ya en los restaurantes colombianos no se dice señora o señorita sino dama, y el vendedor que en otros tiempos nos decía cariñosamente madrecita ahora nos dice veci. También encontramos, como producto del rigor técnico y del respeto por el medio ambiente, al “individuo arbóreo”, un miembro del arbolado urbano, hermano del más clásico “cuerpo hídrico”. Y como producto de otro rigor, el castrense, apareció una nueva forma de decir hombre o mujer, de la que me enteré en el reporte televisivo de un militar que daba cuenta de un crimen, en el que murieron “un masculino y una femenina”. Todo se vale.
