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Poco antes de su reunión con Trump, el presidente Petro compartió en X una foto con su nieta de meses, y expresó la felicidad de conocerla, ya que no pudo hacerlo antes por haber sido privado de su visa a Estados Unidos. Entiendo bien su orgullo de abuelo, y me alegra ese encuentro. Sin embargo, me extrañó la formalidad con la que presentó a su hijo y su nuera: “Con Maira, esposa de Andrés Petro, mi hijo, sicólogo, especializado en estudios sobre la muerte y maestría en creación literaria. Maira, diseñadora industrial, con maestría con (sic) diseño del Hábitat”. Este énfasis en los títulos muestra que el padre siente una satisfacción enorme por los logros académicos de su hijo y su nuera, los dos con especializaciones y maestrías.
No olvidemos que durante años la educación ha sido para muchos colombianos un camino de realización personal y un factor de movilidad social. Desde cuando en 1844 Mariano Ospina Rodríguez impulsó una reforma educativa que dio origen a las Escuelas Normales, que empezaron a formar maestros, y a pesar muchas dificultades, falencias y retrocesos, en Colombia se han hecho grandes conquistas en la educación pública y privada. Los mayores avances se hicieron entre 1950 y fines de los 70, cuando crecieron de manera considerable los indicadores educativos. Sin embargo, las desigualdades que persisten hacen que llegar a la universidad o a los institutos tecnológicos sea para muchos un sueño imposible, o del que desisten por dificultades económicas. Aun así, cientos de colombianos hacen esfuerzos diarios por estudiar, con la idea de que de ese modo saldrán adelante. Petro lo sabe y lo repite. Por eso resulta tan inexplicable que él, que se jacta de los títulos de sus hijos, se muestre tan laxo a la hora de exigir a los funcionarios de su gobierno que cumplan con los requisitos de preparación académica, conocimientos y experiencia que requieren sus cargos.
Los casos son tantos y tan conocidos, que apenas mencionaré algunos: el de Juliana Guerrero y el de los funcionarios del Gobierno que recibieron de la Fundación San José hasta tres títulos exprés, defendidos por el presidente; el recorte de subsidios a las tasas de interés de los créditos del Icetex, que hace que aumenten absurdamente las cuotas de los estudiantes; la eliminación del requisito profesional y de dominio del inglés para los aspirantes a embajadores; la decisión de MinCiencias de acabar con la colaboración estatal con Colfuturo y desestimular los estudios de doctorado en el exterior, en una política de cerrazón que pierde de vista la importancia de acceder a las mejores universidades extranjeras; y la poca exigencia de estudios o de experiencia a los sucesivos ministros del Ministerio de Igualdad. Preocupa, por ejemplo, que Alfredo Acosta, el último ministro designado, que viene de ser guarda indígena, pero sin ninguna experiencia en administración pública, no exprese, en su entrevista para El Espectador, ni una sola idea sobre sus derroteros y solo repita frases vacías como “este debe ser el ministerio del amor”.
Lo triste, además, es que este desdén por la preparación y el estudio se da en un país donde muchos han optado por el enriquecimiento rápido e ilícito, propiciando la degradación moral de amplios sectores de la sociedad.
