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El título de este artículo reproduce el insólito grito del general José Millán Astray en la Universidad de Salamanca tras el triunfo de Franco, y lo trajo a colación Moisés Wasserman en su columna para referirse al menosprecio del conocimiento que muchos gobiernos del mundo están mostrando, apoyados por huestes ignorantes o supersticiosas.
El adalid número uno del menosprecio al saber científico es, como sabemos, Donald Trump, que ha desfinanciado muchas universidades y centros de investigación, y que se ha encargado de desinformar en materias graves como el COVID-19 o las vacunas. De hecho, acaba de sacar un decreto que, según los médicos, no solo puede confundir y atemorizar a los padres de familia, sino que no tienen sustento científico. Lo que se ordena es separar la vacuna triple —sarampión, paperas y rubeola— en tres inyecciones distintas, aplicadas en fechas diferentes. Los médicos han sido enfáticos en que no hay razón científica para decidir esto, pues la respuesta inmunitaria es mucho mayor con una sola dosis; y que esa medida es irresponsable ahora que el sarampión ha vuelto a propagarse y a causar muertes. No olvidemos que Trump nombró como secretario de Salud al antivacunas y conspiranoico Robert F. Kennedy jr.
En su persecución al conocimiento científico, Trump también acaba de despedir a los 22 asesores científicos de la Casa Blanca, miembros del Consejo Nacional de Ciencia, una institución que lleva décadas de fundada, que ha financiado casi 300 premios Nobel, y que por segundo año ha visto reducido su presupuesto en un 50 %. Ese mismo desprecio por el saber se expresa en el ensañamiento que los republicanos están mostrando con el doctor Anthony Fauci, llevado a los tribunales con acusaciones tan absurdas como que encubrió que el virus se filtró de un laboratorio en Wuhan, China, y que violó las libertades civiles al imponer mascarillas y confinamientos y recomendar las vacunas.
Ahora bien: la desfinanciación, abierta o solapada, de los centros de investigación es sólo una forma de atacar el saber científico. Lo es también desprestigiar la universidad o señalar que ella ya no es un camino vigente (el presidente De la Espriella habló en campaña de la necesidad de priorizar ciclos cortos de formación tecnológica y educación virtual frente a las carreras universitarias tradicionales; y no es el único que piensa así) o nombrar personas incompetentes y sin experiencia, validadas solo por compartir ideología, como hizo el gobierno anterior, como explica muy bien Wasserman en su artículo.
Y hay otra forma, mucho más sutil y menos fácil de reconocer: que todo se explique por la voluntad divina. Algunos piensan que fe y ciencia son compatibles, y es claro que hay que respetar las creencias de los demás. Pero cuando se gobierna desde el presupuesto de que Dios, como ser omnisciente y omnipotente, es el que determina qué está bien y qué está mal, se privilegia la fe —que es creer en lo que no vemos— sobre la racionalidad en la que se afinca el pensamiento científico. Y no olvidemos cuántos horrores se han cometido en nombre de Dios, ya sea por fanatismo o por ignorancia.
P. D. Conmovedor el sufrimiento de tantos colombianos en este momento. Pero nos reconcilia con la humanidad ver tanta solidaridad genuina.
