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Reinterpretación de “Cien años”

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Piedad Bonnett
06 de septiembre de 2026 - 05:07 a. m.
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Leí por primera vez Cien años de soledad a los 17 años, terminando mi bachillerato, cuando ya tenía claro que iba a estudiar literatura. Lo hice con el mismo asombro con el que García Márquez leyó a Kafka, desconcertada y a la vez fascinada con una manera de narrar que no tenía nada que ver con el realismo de la novela europea en el que me había hecho lectora. Y durante unas vacaciones en la casa de una compañera de colegio, en Sincelejo, donde iba descubriendo una cultura totalmente distinta de la de los cachacos, que es en la que he vivido desde los ocho años.

Tiempo después, en la universidad, dicté en reiteradas ocasiones un curso sobre la obra de García Márquez, con énfasis en esa obra infinita que es Cien años de soledad. Tal vez por todos estos antecedentes fui una de las muchas personas que miramos con escepticismo que la historia fuera llevada a la pantalla. Me aterrorizaba, por una parte, perder las imágenes que fijó mi imaginación —mi Úrsula, mi coronel Aureliano, mi Fernanda del Carpio—, y por otra, que convirtieran la novela en un pastiche saturado de mariposas amarillas y tropicalismos. Confieso que la primera parte llegó a mortificarme, sobre todo en los inicios, pero la fui encontrando mejor a medida que avanzaba. Y escribo esta columna básicamente para celebrar los extraordinarios logros de la segunda parte, que tuvo una producción deslumbrante, capaz de captar el paso del tiempo en Macondo, con sus bonanzas y sus decrepitudes, y de crear unas atmósferas poéticas que García Márquez habría celebrado.

El talento y el criterio de Laura Mora y de Carlos Moreno permitieron que la película se independizara del libro, sin traicionarlo, de tal modo que —con una que otra excepción— los personajes se nos fueron revelando como los seres complejos e impredecibles que son en la novela, marcados por la desventura, la soledad, la incomprensión y el fracaso, y a la vez como la encarnación de los arquetipos que quiso mostrarnos García Márquez: el inventor delirante, la Gran Madre, el guerrero al que las guerras le congelan el alma, la prostituta que inicia a los adolescentes del pueblo, la cachaca santurrona que se siente de estirpe real, la solterona que a la hora de su muerte grita que no se engañen, que se va de este mundo como vino…

A los espectadores también les queda claro que lo que hizo García Márquez fue contar este país —su violencia, su tenacidad, sus reiterados fracasos—, no con el rigor pétreo de los historiadores, sino desde la versión popular, mítica y desmesurada de la historia, y echando mano cada tanto, en deliciosa parodia, de la imaginería de la Biblia. Y recrear el espíritu caribe enfrentándolo al de los cachacos, a quienes “no solo los distinguíamos del resto de la humanidad por sus maneras lánguidas y su dicción viciosa, sino por sus ínfulas de emisarios de la Divina Providencia”. Ojalá la película lleve a los espectadores a la lectura o la relectura de la novela.

P. D. Me escriben muchos amigos y lectores felicitándome por el montaje para teatro de Lo que no tiene nombre. Disipo el malentendido: aunque cedí, sin ánimo de lucro, los derechos a Johan Velandia, no fui incorporada en ningún momento al proceso, no he visto la obra y por tanto todo mérito será solo suyo.

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