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Una cultura contra el mal

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Las palabras del nuevo director del Instituto Caro y Cuervo, un petimetre engolado, a propósito de los 75 años del nacimiento del escritor caleño Andrés Caicedo, no pasarían de ser un chiste, una caricatura que no merecería comentario, si no fuera por lo que entrañan de irrespeto e ignorancia, y por lo que anticipan: el manejo arbitrario, dogmático y autoritario de una institución cuya misión es “salvaguardar el patrimonio lingüístico y literario de Colombia a través de la formación, la investigación y la apropiación social del conocimiento”, y que en sus muchos años ha publicado obras muy importantes.

Ya muchos han señalado que no es ético el uso de recursos y plataformas oficiales del Estado para hacer declaraciones personales en nombre del Instituto; pero hay más: el moralismo del sermón de “el niño poeta”, hoy convertido en sacerdote de la derecha y en guerrero de la batalla cultural, confirma que el gobierno de la Patria milagro y la insigne ministra Paola Holguín conciben la cultura como un instrumento edificante, que propende por las buenas costumbres y hasta las buenas maneras, y nos aleja del Mal que nos acecha en forma de anarquía y “rebeldía extrema”.

“Nos duele ver cómo el rechazo absoluto a las normas y a la institucionalidad terminó convirtiéndose en una trampa mortal” para Caicedo, afirmó Vélez, como si la literatura y el arte no fueran por naturaleza transgresores, formas de poner en duda supuestas verdades, creencias, y un orden de cosas establecido a favor de poderes hegemónicos. Incomodar, subvertir, develar, desmitificar, imaginar, son algunas de las funciones del escritor. No cohonestar ni plegarse acríticamente a lo que digan los de arriba, que es lo que está haciendo el recién nombrado. Y no solo él, sino muchos otros, entre ellos el exprocurador Alejandro Ordoñez –inquisidor capaz de quemar libros por considerarlos peligrosos– que repitió en su alocución en la OEA el grito vehemente de “Viva Cristo Rey”, que ahora impone nuestro presidente.

Con arrogancia moral se atreve el niño poeta a sentenciar que Andrés Caicedo “se suicidó consumido por sus propios demonios y devorado por una rebeldía extrema que no encontró donde apoyarse…”, pues “creyó que quemar la vida y renegar de todo era la única salida de su descontento…”. ¿Con qué derecho se atreve a juzgar y condenar, banalizando el suicidio, una vida y una muerte que debió estar atravesada por el sufrimiento, concluyendo, además, “que no encontró donde apoyarse” y que lo que lo impulsaba era “el descontento”? Concluye, además, que esa muerte “nos privó de otro Nobel”, una puerilidad que produce a la vez risa y pena ajena. Pobre el Caro y Cuervo.

Adenda. Y como para que no paremos de asombrarnos e indignarnos: ¿qué tal la canallada del recalcitrante Felipe Zuleta, que confiesa que a veces “le dan ganas” de no seguir escribiendo en El Espectador para no tener que compartir página con Ana Cristina Restrepo, dizque por ser una “zurda caviar”? El que otrora fuera su colega en Blu Radio se suma así al hostigamiento que están sufriendo Ana Cristina –una periodista rigurosa y moderada– y otros periodistas, cuyo único pecado ha sido la independencia.

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