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Hay momentos en que resulta difícil no caer en pensamientos apocalípticos. Por ejemplo, cuando vemos las terribles consecuencias del cambio climático, con sequías pavorosas, temperaturas que causan miles de muertes, inundaciones, incendios y enormes migraciones impulsadas por hambre o por enfermedades. O cuando anticipamos los riesgos de la IA o de los avances de la tecnología, que se evidenciaron hace unos días cuando en los Juegos Mundiales de Robots de Pekín los humanoides —o robots con características humanas— superaron récords humanos en atletismo y artes marciales. Yo no sé ustedes, pero yo me aterroricé de ver ese ejército de seres metálicos en perfecta formación, manejados por operadores que se sorprenden ellos mismos de los logros de sus criaturas.
Pero hay otros motivos para hacernos pensar que somos una especie que involuciona (mientras cree que evoluciona): muchos estudios están probando que el uso obsesivo de los dispositivos digitales y el hecho de apelar en forma cada vez más recurrente a la IA y a lenguajes como el ChatGPT, están reduciendo la capacidad neuronal de niños y jóvenes. Como lo oyen. Lo resume muy bien el periodista Mateo Chacón, que, en un artículo que se apoya en parte en The Economist, señala que ya hay suficiente evidencia científica de que, a consecuencia del uso desmedido de esos recursos, se han modificado los procesos de aprendizaje, dejando ver pérdida de concentración, poca comprensión lectora, reducción de habilidades matemáticas, y hasta disminución de la creatividad. Esos retrocesos, añadidos a que los estudiantes leen hoy mucho menos que los de hace diez años, han hecho que muchas universidades de primer nivel en el mundo se quejen de las graves dificultades de comprensión de textos complejos por parte de sus alumnos, y de que la trampa se esté extendiendo ampliamente por el mal uso de la IA.
Por si fuera poco, después de casi doce siglos de existencia, la universidad como institución está perdiendo fuerza por diversas causas, pero sobre todo porque está siendo desacreditada por aquellos que, llevados por un pragmatismo que le apuesta solo a la especialización rápida, la consideran inútil, o por derechistas como Trump que la ven como un peligro por ser un centro de ideas contestatarias. Muchas universidades, en Colombia y en otras partes, no solo están viendo reducido el número de sus estudiantes, sino que han incrementado las matrículas virtuales porque les exigen menos inversión y les significan más entradas. Los estudiantes que escogen la virtualidad lo hacen por comodidad y por economía. Lo triste de esta tendencia es que pierde de vista que la universidad es un espacio que ofrece mucho más que aprendizajes concretos. La socialización que le es inherente permite el descubrimiento de otros personas que abren horizontes distintos, y de paso propician el propio descubrimiento; el acceso a distintas disciplinas que solo brinda, por su naturaleza, la universidad, promueve que los alumnos desarrollen intereses diversos; y la libertad que la caracteriza, el debate que genera, la aceptación de la divergencia y de la diversidad que debe hacer parte de su espíritu, fomentan lo que nos están quitando las redes: complejidad, pensamiento crítico y tolerancia.
