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Entre varios, hay tres atascos que frenan el desarrollo del país, ya suficientemente conocidos. Primero, el hecho de que el 80 % de las exportaciones colombianas esté compuesto de productos primarios y mineros. En segundo lugar, que la productividad de nuestro sector productivo esté, prácticamente, estancada. Y, finalmente, que la inversión en actividades de innovación, tanto privadas como públicas, sea paupérrima en términos internacionales.
Los tres trancones están relacionados entre sí. Hace tres décadas que el país patina en la bajísima inversión en investigación y desarrollo, que no supera el 0,25 % del PIB, un nivel que no se compara con los de los países de la OCDE, club al cual pertenecemos. Ello a pesar de las buenas intenciones, de las misiones de sabios y de los sucesivos cambios de adscripción de lo que fue Colciencias.
También lo sabemos: pese a que Colombia ya pertenece, según el Banco Mundial, a los países de ingreso medio alto, estamos montados en un modelo productivo que no genera empleo, particularmente para los jóvenes. Sí: nos enorgullece que Colombia sea un modelo de sano manejo macroeconómico desde hace más de 60 años en el que fenómenos de hiperinflación y déficits fiscales desbocados son desconocidos. Sin embargo, también ostentamos el liderazgo del desempleo juvenil en América Latina, agudizado por la pandemia. Mes a mes el DANE, como en el eterno retorno, informa a la opinión pública acerca del desempleo de los jóvenes. Para los colombianos que están entre 14 y 28 años, con el refuerzo del virus, el desempleo a fines de diciembre del 2020 fue superior al 24 %. Las mujeres jóvenes, también como siempre, son las más afectadas (32 %).
¿Qué futuro tienen los jóvenes de Ibagué y de Neiva, con tasas de desempleo de 37 % y 36 % respectivamente, y las de todas las demás ciudades y áreas metropolitanas, en las que la mejor librada es Barranquilla (22%)?
El asunto tiene que ver, entre otras cosas, con los cambios, cada vez más veloces, que se están presentando en los mercados laborales a escala mundial. Nuevas ocupaciones aparecen, nuevas competencias son requeridas, nuevas formas de aprender están a la orden del día.
No parece ser un tema de interés de parte de quienes hacen parte de la ya larga lista de precandidatos ansiosos de convertirse en presidentes de Colombia ni tampoco de los partidos representados en el Congreso a un año de, supuestamente, renovarse.
Las cinco destrezas del 2025 que encabezan la lista a nivel global, según el Foro Económico Mundial, son, en su orden: pensamiento crítico y capacidad de innovación; habilidad para el aprendizaje activo y el manejo de estrategias de aprendizaje; pensamiento crítico y resolución de problemas complejos; pensamiento crítico y capacidad analítica y, finalmente, creatividad e iniciativa. Hacia allí deben apuntar los modelos educativos.
Hay dos palabras mágicas detrás: colaboración y articulación. Sin ellas, ni las universidades, ni los empresarios ni los movimientos políticos podrán armar propuestas decentes y factibles para los jóvenes.
Hay que votar por aquellos candidatos que tengan dentro de sus prioridades políticas crear nuevas oportunidades de aprendizaje y empleo para los jóvenes, que tengan la capacidad de bajarse del síndrome de la polarización y reúnan a todos los actores.
