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Jóvenes sin esperanza, Gobierno sin libreto, comité del paro que no los representó, liderazgo político ausente.
El saldo del paro es doloroso. Duelen los asesinatos y la desaparición de jóvenes, la violencia del Esmad y la que se ejerció contra miembros de la Fuerza Pública, la impunidad con la que obraron civiles armados.
Además de las justificadas protestas de jóvenes sin esperanza en todo el país, algunos actores de la ilegalidad de siempre encontraron la oportunidad para pescar en río revuelto. Mafia que encontró la ocasión de incinerar la Casa de la Justicia en Tuluá, disidencias del Eln y las Farc que creyeron que su tiempo había llegado quemando camiones y peajes, paramilitares que redoblaron el asesinato de líderes sociales y de firmantes del acuerdo de paz en las últimas semanas.
Dolorosa la actitud del gobierno y su partido, la de negar las razones del descontento juvenil y atribuirle a Maduro y otros conspiradores semejante capacidad de movilización, y también la del Comité del Paro, que no consiguió que los jóvenes se sintieran representados por él. Bloqueos en las carreteras, en las ciudades, sin saldo diferente al agotamiento, a la pérdida de cosechas, de oportunidades de colocación de los productos en los mercados interno y externo, a la interrupción de la movilidad de personas y bienes.
Hay quienes se sienten triunfadores por el desinfle del paro, particularmente en toldas políticas afines al gobierno. Sin embargo, no hay razón para cantar ninguna victoria si conservan alguna mirada de largo plazo: los jóvenes no confían ni en el gobierno, ni en las instituciones públicas.
Siguen vigentes los sentimientos de los jóvenes que las encuestas del CNC y el Tiempo y la U. del Rosario dieron a conocer en mayo pasado porque no hay hecho alguno que los cambie. Incertidumbre, tristeza, frustración, miedo, rabia, los predominantes.
No hay motivo para que se altere la imagen de los jóvenes en las instituciones. La peor, como recordamos, la tiene el gobierno nacional, un ente incapaz de desplegar empatía, sin relatos distintos a los de los conspiradores, del cual más del 90% de los jóvenes no se sentía representado recién comenzado el paro. Los niveles de confianza venían en franco deterioro y seguirán desplomándose, siendo los peor graduados el gobierno nacional, el Congreso, la Policía y los gobiernos departamentales y municipales.
Doloroso que no haya un saldo a favor de los jóvenes. Congresistas consumidores de mermelada que no tuvieron reparo en ahogar el proyecto de ley de matrícula cero, una propuesta que apuntaba a beneficiar a 620.000 estudiantes de pregrado en universidades públicas. Y a los que tampoco les importó hundir el Acuerdo de Escazú, un tratado ya firmado por 24 países, empujado por la CEPAL y que pretende la aplicación de protocolos para la protección del medio ambiente. Vergüenza nacional.
Pasado el paro, tendremos en los próximos meses el despliegue de las agendas de los precandidatos presidenciales y legislativos. Algunos procurarán convencer al electorado de la necesidad de los mesías, como en el 2016. El centro puede conseguir aire si los jóvenes son su sincera prioridad.
