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12 Oct 2021 - 4:55 a. m.

Eutanasia y la risa de la señora Martha

Tenemos el derecho a vivir y morir con dignidad.

La señora Martha Liria Sepúlveda fue condenada a seguir con su cruz por tiempo indefinido, una esclerosis lateral amiotrófica, al echarse para atrás la entidad que, días antes, había autorizado el procedimiento de muerte asistida. La opinión pública colombiana había conocido del caso gracias al reportaje del periodista Juan David Laverde (Caracol) en el que la señora, sonriente, celebraba la autorización a la eutanasia.

Por la misma enfermedad degenerativa, hace algunos meses y después de intensas batallas legales, la señora Yolanda Chaparro pudo morir de forma asistida rodeada de su familia. Y hace seis años, al padre del caricaturista Matador, don Ovidio González, con un cáncer de boca que le impedía hablar y comer, también después de guerrear legalmente, le fue aplicada la eutanasia.

Una de las diferencias entre el caso de la señora Sepúlveda y sus antecesores en la muerte asistida fue, quizás, la de la entrevista. Declararse ferviente católica y reir ante la proximidad de un procedimiento solicitado por ella, encendió las alarmas.

La Conferencia Episcopal y distintos grupos católicos desplegaron campañas para persuadir a doña Martha, por un lado, y descalificar el reportaje periodístico, por otro. La invitan a reflexionar serenamente, sin el acoso de los medios, que hacen “una suerte de propaganda de la eutanasia”. Nada valen los avances constitucionales, ya que Dios siempre nos acompaña y la muerte (asistida) no puede ser la respuesta en ningún caso.

A veces, en el papel, Colombia parece un país avanzado y secular: la Corte Constitucional establecía en 1997 que “el derecho a la vida no puede reducirse a la mera subsistencia biológica, sino que implica la posibilidad de vivir adecuadamente en condiciones de dignidad; y que el Estado no cumpliría con su obligación de proteger el derecho a la vida, cuando desconoce la autonomía, la dignidad de las personas y la facultad del individuo de controlar su propia vida…” La CC, en el 2021, amplió el derecho a morir con dignidad: no se necesita ser paciente terminal; una dolorosa enfermedad grave o incurable también lo otorgan: casos como el de la señora Martha Sepúlveda.

¿Por qué se echó para atrás el Instituto Colombiano del Dolor? Una segunda reunión desdice lo que la primera había autorizado. El argumento principal hace referencia a que la paciente, en la entrevista mencionada, evidencia mayor funcionalidad a la reportada con anterioridad (Caracol). Se violaría, entonces, la ley.

Los doctores del Instituto no pudieron soportar la presión de las campañas.

Especulando, una de las evidencias de la “mejoría” fue la de la risa a mandíbula batiente de la señora Martha, feliz de concluir su estado de dolor.

Aunque es imposible probarlo, la risa de doña Martha tuvo que haber irritado a los más recalcitrantes. Recuerda los episodios en El Nombre de la Rosa (Umberto Eco) en el que el hermano franciscano, Guillermo, un hombre avanzado, respetuoso de la ciencia, discute con el hermano Jorge, guardián de la biblioteca del monasterio (que incinera al final de la obra). Discuten sobre la risa. “¿Por qué se opone a la idea de que Cristo pudiera haberse reído? La risa es una buena medicina… para tratar otras aflicciones del cuerpo…”. Para Jorge, la risa es debilidad, corrupción, le estupidez de nuestra carne. La risa estremece el cuerpo, distorsiona los rasgos del rostro. Cristo no reía.

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