Finalmente, Trump se estrelló contra sí mismo. Con más de 74 millones de votos, hubiera podido actuar con algo de mesura, reconocer la derrota desde el comienzo, apuntarle a la campaña en Georgia para que sus copartidarios permitieran al Partido Republicano preservar su mayoría en el Senado en las elecciones del 5 de enero, en fin, apoderarse del partido y lanzarse, con altas probabilidades de éxito, en el 2024.
Pedirle peras al olmo, sin embargo, es imposible. Un individuo que dentro de sus principios tiene el de nunca reconocer una derrota no podía actuar diferente. No pudo con las cortes, tampoco con sus amenazas a funcionarios (republicanos) para invalidar resultados (Georgia), ni con la idea, por absurda, de desconocer a través de su vicepresidente los resultados de las elecciones presidenciales en el Congreso. Como líder de cualquier grupo extremista, entonces, se lanzó a escalar el conflicto con la toma del Capitolio, que sigue pareciendo inverosímil.
A cambio, terminó favoreciendo ampliamente a Biden: recibió el no de la Corte Suprema, mayoritariamente compuesta por conservadores, incluidos tres magistrados que él postuló; el rechazo a múltiples demandas de fraude electoral interpuestas por sus abogados; la negativa de funcionarios probos, republicanos, a acceder a conseguirle 11.000 voticos (de nuevo, Georgia); el reconocimiento de McConnell, el líder de la mayoría republicana en el Senado (hasta dentro de pocos días), del triunfo de Biden; el no de Pence a sabotear los resultados… y, por supuesto, el triunfo del primer senador afroamericano en la historia de Georgia, el reverendo Raphael Warnock, y de Jon Ossoff, un joven judío, para darles mayoría a los demócratas en la cámara alta, en unas elecciones en las que Trump puso su granito de arena al deslegitimar el sistema electoral.
Hasta ahí, hechos que pueden catalogarse de normales en un régimen electoral. No obstante, la toma violenta del Capitolio en Washington por parte de los seguidores de Trump llenó la copa. Eso de reclamar la horca (y erigirla) tanto para el republicano vicepresidente Pence como para la señora Pelosi; provocar cinco muertos; poner a correr a los congresistas a esconderse por la incursión de hordas de supremacistas blancos, algunos de los cuales iban armados hasta los dientes (había vehículos con bombas y más armas cerca del Capitolio); romper vidrios y muebles, incitados por el presidente con el fin de reclamar la victoria que supuestamente les pertenecía, ya es otro cuento. Y, para rematarlo, decirles después que los amaba, que se fueran a sus casitas.
Lo sintetizó Liz Cheney, representante republicana, que siempre había favorecido a Trump en estos cuatro años de ignominia, interpretando lo que muchos republicanos sienten: “Nunca ha habido una traición semejante por parte de un presidente a los deberes de su cargo y a su juramento de respeto a la Constitución”. Ella y nueve representantes republicanos más votaron a favor del impeachment en la Cámara y sumados a la unanimidad demócrata pasan la pelota de la destitución de Trump al Senado que, sabemos, requiere de al menos 17 votos de republicanos para que sea realidad. Misión difícil aunque no imposible, fuera del hecho de si juzgar al presidente pueda hacerse después de dejar su cargo. McConnell y compañía, además del tema de las horcas, necesitan darle a Trump una patadita final para inhabilitarlo dentro del partido. (La revista The Economist afirma que representantes que votaron en contra de iniciar el proceso de destitución en la Cámara lo hicieron por miedo y amenazas).
Lo claro: la mayoría de los gringos aprueban que el presidente sea juzgado y castigado, incluyendo una fracción importante del Partido Republicano. Sin embargo, la mayoría de los votantes republicanos sí creen que hubo fraude electoral. Testimonio de la inmensa habilidad comunicativa de Trump y de viejas enfermedades propias de la sociedad norteamericana asociadas al racismo y al empobrecimiento de los otrora cordones industriales, venidos a menos por la globalización y la revolución tecnológica.
Hay muchas preguntas, incluyendo la de si magnates de los emporios digitales como Twitter o Facebook pueden decidir por sí mismos callar a alguien, así sea Trump.
Por estas tierras, los ecos fueron patéticos. Comenzando por la intromisión criolla en Florida con las tesis que alineaban a Biden con el castrochavismo en vísperas de las elecciones de noviembre, los trinos felices de altos funcionarios que ya veían ganador al bárbaro, la expectativa en las cuentas de redes sociales de algunas y algunos senadores afines al autoritarismo, una vez pasadas las elecciones, de que saliera airosa la campaña de Trump para invalidar los resultados. Quizás, al menos en los próximos cuatro años, tal vez ocho, los agentes de la violencia política en Colombia, de derecha e izquierda, se sientan menos empoderados.
Este no es un asunto de demócratas y republicanos, de derecha o de izquierda. Es de respeto por el orden legal, por la Constitución, por la independencia de las ramas del poder público, la libertad de expresión, la diversidad.
Trump, ojalá, a pagar por sus delitos. Bienvenido, Biden.