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Ha quedado claro que las manifestaciones de los jóvenes a lo largo y ancho del país, actores principales de la protesta iniciada el 28 de abril, no están coordinadas por el Comité Nacional del Paro. Así se insista en los anales del Centro democrático y partidos afines, tampoco obedecen a la conspiración de Petro y, últimamente, de Santos, ni tampoco Maduro les da ordenes.
La variedad de motivos y de contextos locales hacen que sea misión prácticamente imposible que pueda llevarse a cabo una negociación en Bogotá con el CNP que lleve a los jóvenes a suspender, unánimemente, sus actos de inconformidad. De ahí que sea razonable lo que ha sido planteado por académicos y centros de investigación desde mediados de mayo pasado: la necesidad de fortalecer espacios de democracia local que permitan canalizar, de forma participativa, las demandas de los protestantes como base para articularlas con las peticiones en el nivel nacional.
Sin embargo, más allá de la manera como se consiga el “retorno a la normalidad”, la crisis no ha impulsado a que se reflexione, con mirada de largo plazo, acerca del futuro de los jóvenes, del papel de los empresarios, las universidades, de la política pública. Pareciera que la forma en que se normalizarán las actividades no incluirá cambios importantes en relación con los jóvenes, más allá de la conocida oferta de matrícula en la educación superior y del anuncio de programas de poco impacto.
Nada o poco se ha dicho acerca del futuro de los mercados laborales, de las competencias que niños y jóvenes requerirán, de la forma en que deben transformarse los modelos educativos, del papel que deben jugar los distintos actores. La responsabilidad no recae sólo en el gobierno; ni los precandidatos presidenciales de todo el espectro ni sus partidos o movimientos parecen mostrar interés.
El Foro Económico Mundial acaba de realizar la Cumbre sobre Reinicio Laboral (junio 1°y 2), precedida por la realizada en agosto de 2020 que, en relación con la educación, ilustran cómo en el mundo, pese a la situación de pandemia, gobiernos y empresarios, docentes y organismos multilaterales, se están moviendo, de manera rápida, para preparar a niños y jóvenes para las nuevas realidades. Algunas observcaciones al respecto:
El punto de partida, simple, es el siguiente: el cambio tecnológico, la globalización y la crisis climática se articulan produciendo profundas transformaciones en el mercado de trabajo. Los cambios, vertiginosos en la pre-pandemia, no han hecho sino acelerarse a raíz de la invasión del virus en la vida sanitaria y económica de la sociedad.
Las nuevas realidades de los mercados laborales reclamarán inmensa flexibilidad de parte de los jóvenes. Como bien dice Harari, deben formarse no para construir una casa de bases profundas en la que habitarán de forma permanente (entiéndase la expectativa de trabajos de larga duración), sino para llevar consigo una carpa, una tienda, que les permita instalarse, recoger, desplazarse, volverse a instalar...
Los títulos otorgados de manera formal no serán, en un futuro no lejano, la condición necesaria para el enganche laboral. Lo serán las competencias, las habilidades que deberán adquirirse de forma permanente en lo que se ha denominado el “aprendizaje de toda la vida”.
Las competencias blandas, las llamadas socio-emocionales, juegan un papel determinante. La colaboración, la empatía, el pensamiento crítico, la iniciativa, serán cruciales en un mundo de interconexión de niveles que no conocíamos y de opciones de trabajo articulado a escala internacional.
Repetición de la repetidera: conectividad. En Colombia, al menos un 50% de los niños y jóvenes de la educación básica, media y secundaria quedaron fuera del sistema. En las veredas, cerca y lejos de Bogotá, en el mejor de los casos, los niños acceden a través de los celulares (pre-pago) de los padres y por la aplicación WhatsApp reciben las guías de parte de los docentes y regresan las tareas con fotos. El mundo laboral (y el estudiantil, por supuesto) requieren de conectividad. (Las empresas de telecomunicaciones pueden jugar un papel importante en la distribución gratuita virtual de contenidos para los estudiantes y los docentes).
Los empresarios deben invertir en investigación y desarrollo, rubro que según The Economist (mayo 29/21), anda disparado desde el 2020, para adaptarse a las nuevas exigencias de los mercados. Sus oficinas de RRHH deben cambiar, al enganchar sus empleados, el concepto de la calificación por cartones al de las competencias.
El estado, en todos sus niveles territoriales, puede apoyar a los jóvenes. La OECD cita programas en Egipto, Turquía, India, entre otros, que están invirtiendo en cerrar las brechas. En Egipto, un programa dirigido a 100 mil jóvenes está consiguiendo que se conviertan en “online freelancers”, empresarios que pueden trabajar, en forma colaborativa con pares de cualquier parte del mundo.
Aún podemos agarrar el tren.
(Véase reskillingrevolution2030.org)
