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Parecen dos mundos de vidas paralelas: el de las campañas presidenciales y legislativas, por una parte, y el de gente que, en los territorios, en medio de grandes adversidades, se embarca en quijotadas y sale adelante, por otra.
Los políticos, grandes egos, andan embarcados en luchas mezquinas sin reparar en las necesidades de la gente, en el futuro de los jóvenes.
El lenguaje de las campañas, como la actual, suele ser apocalíptico. No tanto por los indicadores de las inequidades del país, como por sus acciones, a codazo limpio, procurando ser los ungidos de sus movimientos y tratando de impedir, a como dé lugar, que triunfe un proyecto político que no sea el propio. El andamiaje conceptual al que acuden los dirigentes de lado y lado ya es repertorio viejo (foro de Sao Paulo, polarización, enemigos de la paz…). También se ha institucionalizado el cuento del centro (en el que creo), así como la incapacidad de sus líderes de acordar reglas y llegar unidos a la primera vuelta. Pareciera repetirse el trámite de 2018. La suerte del país está en juego, dicen de los tres campos, la derecha, el centro, la izquierda. Probablemente, quien gane finalmente lo hará con los votos de quienes están en contra del contrario, en nombre de “la salvación del país”.
Hay, en contraste, un mundo raro, que parece traído de los cabellos. El de personas que consiguen, en medio de inmensas adversidades, armar cuentos productivos, educativos, ecoturísticos, de comunicaciones, que construyen vínculos comunitarios, con éxito, en regiones que desde Bogotá y las grandes ciudades suelen ser vistas como quien mira un acuario, periféricas. ¿En que andarán pensando sus promotores, que no se casan con el apocalipsis y pedalean cuesta arriba?
Hace pocos días, a instancias de un taller convocado por Cepal Colombia*, se presentaron algunas de esas historias armadas por iniciativa de residentes en los territorios.
Casos de turismo ecológico están floreciendo en lugares que no hubiéramos imaginado. En Lejanías, Meta, zona del Río Ariari, quién lo hubiera imaginado hace pocos años, hay proyectos que están transformando la historia de los que fueron pueblos fantasma, abandonados por la dureza del conflicto. Pequeñas fincas que producen cítricos, maracuyá… Proyectos ecoturísticos como el de Maravillas del Güejar, río cristalino verde esmeralda, impensables hace pocos años.
En Gaitania, un corregimiento de Planadas (sur del Tolima), el ejemplo de una familia (uno de sus hijos fue asesinado durante el conflicto) que se convirtió en exportadora de café (Finca la Leona), premiado por su calidad, que también invita al agroturismo.
En Inzá y Páez, en territorio de Tierradentro, las comunidades están promoviendo el etnoturismo como parte de una iniciativa para la que consiguieron apoyo japonés (“OVOP: one village, one product”). Producen café, cultivos de pancoger en espacios que llaman “tulpas” (que incluyen huertas en las que siembran semillas propias, incluyendo quinua).
Sin al acuerdo de paz, hay que decirlo, los tres casos no hubieran tenido lugar.
Otros ejemplos llevan más tiempo y son prueba de persistencia, liderazgo, capacidad de construir alianzas… y sobrevivencia.
La Escuela audiovisual infantil, en Belén de los Andaquíes, que, bajo la iniciativa de Alirio González, forma niños y jóvenes por la vía de aprender a construir historias y luego vertirlas en distintos formatos digitales. “Primero la historia, luego las TIC”. Trabajo colaborativo necesario para el rescate de la identidad del territorio. El proyecto sobrevivió paras y guerrilla, narcotráfico, y también ha podido disfrutar de las bondades del Acuerdo de Paz, aunque el cartel de Sinaloa ya está haciendo de las suyas en el Caquetá…
¿O qué tal el trabajo de 30 años de Carlos Sánchez, un docente de Contratación (Santander), tierra que, durante casi siglo y medio, fue discriminada porque allí iban a parar los leprosos, de quienes se creía, portaban una enfermedad contagiosa y hereditaria…? Sánchez montó un proyecto, contra viento y marea, en zona también asolada por actores del conflicto, para la formación en informática y aplicaciones digitales en el Instituto San Juan Bosco del pueblo que transformó la vida de los jóvenes, los mejor calificados de la región en las pruebas SABER.
O en la zona rural de Bogotá, en veredas de Ciudad Bolívar. Proyectos como el de la Biblioteca de la creatividad en plena área rural, montada con el trabajo de la comunidad, bajo el liderazgo de Iván Triana.
Son apenas ejemplos que deberían contribuir a que los dirigentes de la política, los candidatos a Congreso y a la Presidencia, entiendan cómo la gente procura resolver sus necesidades y que deberían darles luz acerca de cómo la política pública podría contribuir de manera efectiva a superar las inequidades en Colombia y a ofrecer un futuro a niños y jóvenes.
* CEPAL, Taller Tejidos Territoriales, Enero 18-20, 2022.
