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Semillas de girasol a los rusos

Rafael Orduz

01 de marzo de 2022 - 12:00 a. m.

Una mujer ucraniana confronta a un soldado de la fuerza invasora rusa en un pueblo de la región de Jersón, cercana a la península de Crimea. Después de increparlo, le ofrece semillas de girasol para que las ponga en su bolsillo y así, le dice, cuando muera el soldado en tierra ucraniana, crezcan las flores. Ocurrió el 24 de febrero pasado, a pocas horas de iniciada la invasión.

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En esta guerra que vemos en directo y que también se juega en el escenario de las redes sociales hay un hecho evidente: el nacionalismo en Ucrania, de la mano del rencor hacia el poder de Moscú.

No ha sido fácil para el ejército ruso enfrentar la reacción de ciudadanía y militares ucranianos que, con certeza, han retrasado lo que Putin, a imagen y semejanza de Hitler en Polonia en el 39, habrá concebido como una incursión de trámite rápido, es decir, una guerra relámpago (“Blitzkrieg”). Hasta el momento de escribir éstas líneas, el presidente de Ucrania, Zelensky, de quien hasta poco muchos se burlaban (fue comediante antes de político), se ha convertido en un mandatario que, con toda la evidencia de inferioridad militar frente al gigante ruso, permanece en su puesto con una fuerza moral ejemplar. A Putin le han derribado aviones y helicópteros, detenido numerosos soldados y, pareciera, la cadena de suministro de combustible y alimentos para equipos y soldados no ha funcionado como estaba planeado.

Es muy probable que la fuerza bruta termine imponiéndose pronto y que, temporalmente, Putin pueda ufanarse de haber cumplido su objetivo. Sin embargo, es posible, también, que una aparente victoria solo sea el inicio de una pesadilla. Los dolores infligidos por sucesivos imperios rusos a Ucrania pueden pasar cuenta de cobro.

Uno de ellos tuvo lugar en los años 30 del siglo pasado.

Del Holodomor, un crimen contra la humanidad (hasta hace unos años se le identificaba como el genocidio ucraniano), aún viven testigos. Fue una hambruna inducida por el régimen de Stalin cuando campesinos ucranianos se rebelaron en distintas partes de Ucrania contra la feroz política de colectivización agrícola que eliminaba la propiedad, fijaba cuotas de producción y determinaba el monto y la calidad de alimentos que recibían los campesinos. Se indujo, en represalia, una hambruna que en los años 32 y 33 borró pueblos enteros en una región que ha sido siempre un rico granero y que no fue afín a los bolcheviques. El número de muertos estimados oscila entre tres y diez millones.

Svetlana Aleksievich, hija de ucraniana y bieloruso, nacida y criada como soviética, Premio Nobel de literatura en el 2015, que rescata la historia de mujeres y hombres durante las guerras, cuenta , a través de centenares de testimonios , de la hambruna en Ucrania en los años 30. En Últimos testigos, los niños de la Segunda Guerra Mundial, una mujer recuerda que una abuela contaba en medio de la hambruna “cómo en su pueblo, una madre mató de un hachazo a uno de sus hijos, lo cocinó y alimentó a los demás… Su propio hijo… Todo esto pasó en realidad. Los padres tenían el temor de dejar salir de las huertas a sus niños porque la gente los cazaba como a perros y gatos”,

Esto sin mencionar las purgas ordenadas por Stalin en los años 30, que en Ucrania fueron de especial dureza. Entre las olas de rusificación de Ucrania, la impulsada por Stalin ha sido la más significativa y ayuda a explicar por qué la parte oriental de Ucrania es pro-rusa. La literatura ucraniana ha sido proscrita durante largos períodos desde el siglo XIX.

Nietos y bisnietos de víctimas de la hambruna, mujeres y hombres, le harán la vida difícil al ejército invasor ruso en Ucrania.

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