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LA VIOLENCIA VERBAL ES DE VIEJA data en Colombia, aunque va en aumento y en vía de legitimidad, entronizándose como práctica cultural, no merecedora de sanciones sociales. El llamado a la bandera blanca del vicepresidente Santos es un amague de tarjeta amarilla en un contexto polarizado, no acogido como debiera.
Si además de los indicadores de la violencia física (homicidios por cada cien mil habitantes, atracos, secuestros y otros delitos) hubiese algunos de violencia verbal, seríamos campeones mundiales. La de los tutsis y los hutus palidecería frente a la tasa de homicidios verbales colombiana, entendiendo por ello el deseo, expresado en la forma y en el contenido, de aniquilar con las palabras al otro.
Hay algo de ridículo en las agresiones recíprocas, sobre todo en política. Que lo digan los corresponsales extranjeros en Colombia, a quienes les debe costar enorme trabajo traducir uno de esos frecuentes ‘rounds’ para una nota de El País o la BBC.
El tema, claro, no es de ahora. Es la visión en blanco y negro, que poco tiene que ver con la realidad, que exige enfoques cromáticos para lidiar con ella de manera constructiva. Aplicados al color y la música, se refieren a las múltiples posibilidades entre el blanco y el negro, y a la escala de doce semitonos entre do y do. Entre mis amigos y quienes piensan distinto, hay caminos diversos, creativos, de respeto y convivencia, diferentes al de la aniquilación verbal.
El cinco a cero nos convirtió en finalistas antes de comenzar el campeonato mundial del 94, amén de dejarnos decenas de muertos en la celebración. La mejor selección del mundo. El involuntario autogol de Andrés, lo volvió, a fuerza de palabras, infame, luego le quitó la vida y después lo hizo merecedor de los más sentidos obituarios. La selección que alcanzó a clasificar para Francia en el 98, no pasó de la primera ronda y dejó de ir a los dos siguientes mundiales. La peor del mundo, según algunos. La reina nacional de turno es la más probable Miss Universo y de regreso pasa al olvido si no consigue al menos el virreinato.
Se abusa del origen regional para justificar la violencia verbal. Los santandereanos son francos, hijuepuerca, y los paisas frenteros (¿no jerto?), los bogotanos hipócritas (¿cuándo almorzamos?) y los boyacos, solapados, sumercé.
De poco sirve la reducción de los índices de violencia física si la violencia de las palabras genera marcos de referencia que le abren el paso a eventuales acciones delictuales.
Hablar del posconflicto se ha convertido en lugar común, tanto para el Gobierno como para miembros de oposición. Las palabras configuran realidades. La paz se construye también con las palabras, porque las palabras son y crean hechos. De ahí que los actores de la paz, que somos todos, tengamos que asumir la total responsabilidad frente a las palabras, con profundo respeto por el otro y con argumentos.
Hay mucha pasión en Colombia. Pero la pasión y la razón tienen que dialogar, cuando las emociones son destructivas.
