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La adopción de nuevas tecnologías destruye puestos de trabajo tradicionales y crea nuevos. Los niños de hoy se las verán con mercados laborales totalmente diferentes a los de sus padres y abuelos.
Sin embargo, debido a la ausencia de visión prospectiva respecto al mercado laboral, la preocupación sobre el futuro de los jóvenes es escasa.
Se conocen, de sobra, los recurrentes boletines del DANE acerca del alarmante desempleo juvenil, un fenómeno de características globales, aunque exacerbado en Colombia, acompañado del alto índice de informalidad, cercano al 50% de la oferta laboral. El fenómeno de los jóvenes “nini” (que ni estudian ni trabajan), etiquetado desde antes de la pandemia, se ha consolidado. La relación entre la precariedad laboral y las marchas de abril 28 en adelante parece obvia y, sin embargo, el tema del futuro del trabajo no es prioritario.
El cambio tecnológico avanza sin cuartel. Inteligencia artificial, robótica, internet de las cosas y convergencia con otras tecnologías como la impresión 3D, realidad aumentada y tantas otras, van siendo adoptadas tanto en sectores de servicios como manufactureros, planteando interrogantes acerca del ritmo de extinción de ocupaciones actuales y de si las emergentes alcanzan a cubrir el vacío de las desalojadas.
La gente no percibe el salto de la automatización a los sistemas conectados y flexibles que gradualmente se van tomando las instalaciones fabriles, aunque la evidencia, para el ciudadano de a pie, será cada vez mayor en el ámbito de los servicios, como ya nos consta, de manera parcial, en algunos bancarios, en múltiples trámites, en el comercio electrónico en alza, y por fuerza de la pandemia, en el tele trabajo y la educación virtual, entre otros. Imaginemos, en algunos años, los mercados del tipo D1 y los de superficies mayores sin la presencia de los empleados que hoy vemos. Los drones irrumpirán en las entregas a domicilio de los pedidos de Amazon, Mercado Libre y tantos otros domicilios. ¿Qué ocurrirá con los trabajadores?
La OCDE y parte de los países afiliados, y entidades como el Foro Económico Mundial realizan ejercicios de prospectiva sobre las nuevas competencias y destrezas requeridas para el mercado laboral que, como algunos dicen, ya está asomado en el presente. Implican, desde luego, nuevos enfoques en la política educativa, los sistemas educativos y la construcción de la cultura del aprendizaje permanente, así como la identificación de ámbitos laborales en los que crecerá la demanda de empleo por la vía de nuevas ocupaciones. El reentrenamiento de al menos 1.000 millones de trabajadores es una de las consignas del FEM y OCDE.
En una reciente entrevista que McKinsey hizo a Daron Acemoglu (economista turco, autor de “Por qué fracasan las Naciones”, 2011), éste afirma que el cambio tecnológico contribuyó a aumentar la inequidad en los grupos de trabajadores con menos educación en los Estados Unidos y el Reino Unido que, en las tres décadas anteriores habían visto crecer, de manera sostenida, sus salarios. No obstante, Acemoglu también plantea que el uso de la tecnología no tiene por qué contar con consecuencias predeterminadas en desmedro de los trabajadores y que puede desplegarse en contextos “pro-trabajo”, siempre y cuando las instituciones políticas y económicas no sean de carácter “extractivo”, es decir que concentren el poder político y económico en manos de un élite, como fue le caso de África del Sur en la época del Apartheid.
El progreso tecnológico debe ir de la mano del empoderamiento de la ciudadanía. Como dice Acemoglu, hay demasiados terrenos en los que los seres humanos son mejores que los computadores: las destrezas sociales, el buen juicio, la creatividad, la flexibilidad. Para ello se requieren instituciones democráticas y visión de largo plazo.
