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Notas de buhardilla

Abrazo eterno

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Ramiro Bejarano Guzmán
16 de agosto de 2026 - 05:06 a. m.
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Muchos amigos y conocidos en mi Valle del Cauca y en regiones vecinas han muerto o están sufriendo el drama del terremoto que los convirtió en desgraciados en un minuto. Son desconsoladoras las imágenes que estamos viendo por estos días. Por todos siento profundo pesar y solidaridad con sus familias, como con el resto de compatriotas que vemos clamando por ayuda y por recuperar, aunque sea, los cadáveres de sus seres queridos. No solo fue Cali la ciudad afectada: también Roldanillo, Manizales, Pereira, Armenia, Quibdó y muchos otros lugares habitados por campesinos humildes y esforzados que con razón lloran al ver que quedaron en la ruina y con varios de los suyos muertos o desaparecidos.

Pero el alma se me derrite con la tragedia de uno de los muchos fallecidos, Ricardo López Arango, un viejo conocido, a cuya estirpe, tanto mi hermana como yo, debemos gratitud imborrable. Esta es la historia resumida del encuentro con su familia, que esta calamidad me obliga a compartirla

A principios de los años 70, doña Inesita de López, quien había trabajado con mi madre como funcionarias del Instituto de Seguros Sociales en Buga, se trasladó con su prole a Bogotá, buscando mejores horizontes y oportunidades para toda esa alegre muchachada que vivía con sencillez, pero inmensamente feliz y llena de esperanza. Doña Inesita —como seguimos recordándola— hizo de su casa una especie de embajada bugueña, en la que muy pronto fuimos invitados a convivir con todos ellos. Con mi hermana allí encontramos el cariño que habíamos dejado en nuestra casa solariega de la ciudad señora. Fuimos acogidos como otros miembros más de esa familia emprendedora y amorosa. Terminados los años de universidad, todos los jóvenes tomamos rumbos diferentes a hacer nuestras vidas sin perder jamás la sintonía ni marchitar el afecto.

Un 13 de noviembre de 1985, Yolanda, una de las hijas menores de Doña Inesita, quien con su esposo y dos hijos vivían en Armero, murieron aplastados por la erupción del volcán Arenas, en el que también quedaron sepultados 25 mil compatriotas. Nunca se recuperaron sus cuerpos.

Pero el pasado lunes 8 de agosto, apenas despuntando la mañana caleña, otra vez la fatalidad volvió a sacudir a esta hidalga familia López, porque Ricardo, otro de los vástagos, quedó atrapado bajo un alud de cemento en el que se transformó el edificio en el que vivía con su familia. Sus allegados empezaron a buscarlo afanosamente alimentando la ilusión de que apareciera en uno de los hospitales lugareños. Las horas se fueron alargando sin que nadie diera señal de Ricardo ni de su hija, mientras los suyos seguían indagando y revolcando escombros con la esperanza de encontrarlos con vida.

Como si el destino quisiera ahorrarles a los parientes el dolor de continuar buscando inútilmente, en los restos de su edificio aparecieron muertos Ricardo y su hija Catherine López, quien apenas se asomaba a los primeros 30 años y se fue dejando un pequeño hijo de seis años, que tampoco comprende por qué la naturaleza lo privó del amor y los consentimientos de su madre y su abuelo.

No solo fue la conmoción de hallar los cuerpos sin vida, sino cómo los encontraron. Ricardo y Catherine murieron abrazados, sellados en ese amor que no logró salvarlos de tan brutal y definitiva catástrofe.

Solo pensar en los angustiosos instantes finales de Ricardo con su hija, tomando la decisión de abrazarse para protegerse mutuamente ante el último aliento que veían venir y despedirse para siempre, me perturba. A ellos los venció el movimiento telúrico, pero los inmortalizó ese inmenso amor del que dejaron constancia en esas penosas ruinas.

Primero fue la furia del volcán que sepultó en Armero a Yolanda y a los suyos y que amargó los últimos años de la hermosa existencia de Doña Inesita, la mujer más buena y dulce que he conocido, y ahora este movimiento sísmico que dejó abrazados eternamente a Ricardo con Catherine.

Adenda No 1. Felicitaciones a la Academia de Historia del Valle del Cauca, por la publicación del extraordinario libro de oro, con el que han honrado la tradición y fortaleza de esa hermosa tierra de mis mayores.

Adenda No 2. Solamente a un gobierno soberbio y torpe se le puede ocurrir darle un portazo a la ayuda de los rescatistas mejicanos, probada en 98 países, que no han sido autorizados a ingresar a Colombia con sus ayudas. ¿Quién o quiénes serán los responsables de semejante estupidez con consecuencias criminales?

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