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El adjetivo que titula esta columna se lo oí al candidato Sergio Fajardo para referirse a Abelardo De la Espriella. Tiene razón, al igual que el empresario Mauricio Armitage, quien sentenció que “lo más grave que le puede pasar a Colombia es que gane De la Espriella; sería un retroceso gravísimo”, porque representa una derecha que solo trae violencia.
De la Espriella es cosecha de la semilla sembrada por Álvaro Uribe Vélez, no solo porque es su más cercana semejanza, sino porque desde que dijo que “la ética no tiene nada que ver con el derecho” demostró que tiene las condiciones para hacerse matón uribista del que puede esperarse cualquier cosa, pero nunca que lo haga con decencia.
Por supuesto que un estudiante de primer año de derecho, con la primera clase que haya recibido en su facultad entiende y sabe que, si bien la ética y el derecho son conceptos diferentes, tienen relaciones, proximidades y coincidencias. Es de perogrullo recordar que conductas contrarias a la ética también las sanciona el derecho, como robar, prevaricar, matar, etc. En cambio, hay otras posturas que no son delitos, pero sí son contrarias a la ética, como, por ejemplo, la de un abogado que se convierte en político de la noche a la mañana y en candidato presidencial, pero no cierra su oficina de litigante.
Claro que hay dos corrientes fundamentales de la teoría del derecho que se refieren al origen de las normas que nos rigen: el iusnaturalismo, que propende por la moralidad y justicia de las normas, incluso antes de ser reconocidas por los humanos. Y el positivismo, para el cual las únicas normas válidas son las que crea el hombre. De la Espriella intentó sin éxito manosear esa divergencia para justificar su cuestionable ejercicio de la profesión, y de pasada confundió los conceptos de ética y moral, porque igual no le importa ninguna.
Hace un mes, en otro reportaje, el candidato le confesó a María Alejandra Villamizar que no cerraría su oficina de abogados de ser elegido, aunque él se marginará de todo (ver video). Claro que un profesional del derecho con conceptos tan trastocados sobre el correcto ejercicio de la abogacía puede creer que no es incompatible ejercer la presidencia mientras persiste una oficina de abogados que litigan con su nombre en el logo y en la que trabajan varios de sus familiares. Pero la realidad es muy distinta.
El pasado martes, la querida presentadora del noticiero de Caracol Televisión —del que he sido ocasionalmente su abogado, y que pertenece al mismo grupo económico propietario de El Espectador—, María Lucia Fernández, se atrevió a preguntarle el alcance de esa malhadada frase de que la ética y el derecho nada tienen que ver. En vez de responder con altura e inteligencia a esa pregunta razonada y respetuosa, Abelardo se entregó a la innoble tarea de insultar a la periodista, a quien calificó de ignorante, venenosa, atrevida, preguntar desde la mala fe, para finalmente entre líneas soltarle una amenaza subliminal criminalizante al recordarle los problemas que ha enfrentado el canal para el que trabaja la entrevistadora, con ocasión de acusaciones de acoso contra dos de sus presentadores; sucesos desafortunados y condenables con los que ella nada tiene que ver. Palabras más, palabras menos, lo que quedó en la retina de los televidentes fue la furia de quien, como aspirante presidencial, tiene el deber de responder lo que sea de interés colectivo sin fastidiar a sus interlocutores o criminalizarlos, menos con expresiones misóginas.
Y para completar, el trepador José Manuel Restrepo, fórmula vicepresidencial de De la Espriella, en un gesto indecoroso, defendió a su jefe por sus excesos machistas y además justificó su grotesca ostentación del tamaño de sus genitales. Sin saberlo, eran el uno para el otro.
De la Espriella tiene descrestados a muchos que pretenden graduarlo de estadista o de rey Midas, dizque porque es el único abogado en Colombia que tiene avión, privilegio del que se sentía orgulloso Pablo Escobar, como si ese detalle bañara en importancia y sabiduría a alguien. Son los tiempos del oropel. A mis discípulos suelo recomendarles que no aspiren ni sucumban a la codiciosa tentación de hacerse ricos, sino a tener poquita plata, pero hartas veces. Como el pasodoble, el éxito y el respeto colectivo, ni se compran ni se venden.
Adenda. Solo falta que las encuestadoras, responsables en buena medida de la zozobra que hoy vivimos, terminen coronando su sueño de reformar a su antojo la ley que las regula.
