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Notas de buhardilla

Botar el voto

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Ramiro Bejarano Guzmán
24 de mayo de 2026 - 05:06 a. m.
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Confieso la indignación y el inmenso desagrado que suscita la brusca advertencia que suelo oír de quienes, en forma irresponsable y provocadora, me censuran y casi que insultan cuando se enteran de que votaré por Fajardo. “Va a botar el voto”.

El drama es que ese es el promedio de cómo los electores se están aproximando a sufragar pensando solo en tres candidatos, ninguno de los cuales nos salvaría, pues cada uno de ellos radicalizaría la polarización e incrementaría las discrepancias familiares y aun entre quienes se trataban con facilidad y sin rencores. Basten, por ejemplo, las imágenes de Uribe enfurecido con quienes a 300 metros de su casa súper custodiada pintaban murales que consideró ofensivos porque aludían a los “falsos positivos”. Fácil resulta imaginar lo que sería de este país si otra vez el expresidente energúmeno llega al poder con cualquiera de sus dos candidatos. No se podrá siquiera transitar enfrente de su mansión.

No se desperdicia el voto, ni siquiera optando por ese dinosaurio que salió en una entrevista en canal Caracol a ponderar como héroe al criminal Carlos Castaño, no obstante que sus compañeros de panel y los reporteros le reprocharon su atrocidad. Es la cultura paramilitar y guerrerista que ha sembrado el uribismo y que no ha desaparecido. Aun quienes voten por este troglodita habrán expresado su opinión y, de resultar estruendosamente derrotados, como es de esperar que suceda, esa merecida paliza tiene que servirles para entender que el país va en otra dirección y no en la de contar muertos ni glorificar asesinos.

¿Por qué llegamos a esta farsa de que aquí ya todo está decidido? Sin duda los responsables de esa orgía de desinformación son las encuestadoras, quienes con sus resultados amañados o pagados deciden si alguien tiene o no preferencias políticas, y lo que es más osado, que ya está resuelto quien regirá nuestros destinos. Por eso es también frecuente oír el “argumento” de que Fajardo es el mejor candidato, pero que como ya está derrotado en las encuestas no hay que votar por él. Algo similar acontece con Claudia López. Quienes así razonan están contribuyendo a fortalecer la tesis de que el día de las elecciones es simple cuestión de trámite, porque las encuestas ya eligieron.

Estamos en la sin salida, porque la conciencia colectiva decidió moverse por el tal “voto útil”. Pregonamos la necesidad de tener elecciones libres y transparentes alejadas de influencias perturbadoras, pero eso tan importante le entra a la ciudadanía por un oído y le sale por el otro. Esa odiosa y excluyente postura se abre camino por causa del talante egoísta y ventajoso de los colombianos, pues nadie quiere perder ni siquiera a sabiendas de que votando por el que no triunfe, de todas maneras siempre se gana porque se participa en la decisión más trascendental de su país. En otras palabras, mientras el ciudadano siga creyendo que pierde si no gana su candidato, ni siquiera tiene sentido participar del proceso electoral. El derrumbe moral.

Los otros responsables de que estemos en las puertas de decidir como lo quieren los encuestadores son los partidos y dirigentes políticos, o los escombros de lo que queda de ambos.

En efecto, las colectividades políticas, cuando eran organizaciones presididas por ideas y no por la burocracia y la clientela electorera, promovían programas que movían a sus seguidores y los hacían decidir en función de esos propósitos. Pero desde que irrumpió el uribismo cambiando tramposamente la Constitución para hacerse reelegir, las organizaciones se convirtieron en simples agencias dispensadoras de avales para congresistas, quienes en su mayoría son dominados por la codicia.

Pero lo que más sorprende es que esas organizaciones históricas parecen estar conformes con que el próximo mandatario sea escogido en las salas de redacción de algunos medios de comunicación, o en los sofisticados salones en los que se cocinan las mediciones en contra de algunos y en favor de unos pocos.

Que quede claro: todavía no hay nada decidido. Las elecciones serán el próximo domingo, delante de todos y en las calles. No en los conciliábulos ni en las marrullas encuestadoras y mediáticas.

Adenda. ¿Por qué los gastos de los litigios personales del presidente de la República, como los generados por sus discrepancias y las de su cónyuge con los Estados Unidos, no son asumidos por su propio bolsillo, sino que los sufragamos todos con cargo al erario? ¿Tampoco para eso hay contralor?

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