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Damnificados de la posesión

Ramiro Bejarano Guzmán

02 de agosto de 2026 - 12:06 a. m.

Mientras el gobierno Petro ha sido incapaz de defenderse del grotesco episodio en el que está enredado por defender a Juliana Guerrero y a Gabriela Muñoz y acusar a Angie Rodríguez, mujeres jóvenes y tan emprendedoras que parecen aviones que vuelan con los motores apagados, el mandatario electo fracasó en su empeño de tomar posesión en una guarnición militar. Petro se va dejando el rancho ardiendo y Abelardo llega sin saber qué hacer, pues después de muchas vacilaciones terminará posesionándose en Cali, lo cual no les servirá a las regiones, a los militares ni a nadie.

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Jurando el presidente delante de la oficialidad no se arreglarán los graves problemas que soportan policía y militares. Por estos días se ha sabido que la fuerza pública atraviesa uno de sus peores momentos, tanto que un ex viceministro de Defensa del actual gobierno enfrenta cargos en la Fiscalía, mientras sus superiores exigen treinta y cinco billones de pesos para superar la crisis. De ser cierta esta exigencia, alguien tiene que explicar cómo es posible que el déficit haya llegado a tan catastrófica cifra. ¿Quién responderá? ¿En qué se gastó tanto dinero, si ahora ni siquiera tienen equipos?

Los mismos militares tampoco están conformes con esa liturgia en la que obviamente serán los personajes centrales y les harán declaraciones de amor y lealtad, pero de la que saldrán tan arruinados como llegaron y, además, divididos. Si bien habrá algunos oficiales que sucumban a la lisonja traicionera del poder, los más ingenuos erradamente creerán que luego de la posesión presidencial habrán cogido el cielo entre las manos. Los problemas de plata se arreglan con dinero, no con ceremonias fastuosas.

A Bogotá tampoco le servirá que de la noche a la mañana empiece a perder su condición histórica de sede del poder para abrirle paso a una dudosa e ilegal descentralización, cuya implantación a sombrerazos es tan riesgosa como la convocatoria de una constituyente. Esta balcanización del país puede ahondar las divisiones entre las diferentes regiones, pues todas exigirán pedazos de esa gran torta del erario y, como dice la canción, “no hay cama pa’ tanta gente”. Cuando los sufridos chocoanos, por ejemplo, vean que han construido túneles y grandes vías al mar en Antioquia y en el Valle del Cauca, o avenidas en Barranquilla, y a ellos nada, el país tendrá que padecer tantos pedidos de abrir sedes presidenciales alternas en todas las capitales de departamentos. Eso será el desastre. Lo que tiene de bueno es que toda esa jauría de lagartos que estarán estrenando carros blindados y escoltas ya no obstaculizarán la movilidad capitalina, como lo hacen a diario con soberbia insuperable.

A mis paisanos del Valle del Cauca tampoco les cambiará su situación de violencia extrema por la que atraviesan, por el hecho de que Abelardo se juramente en la plaza de Caicedo, o en una universidad o en el Pascual Guerrero, o en cualquier otro sitio. Los vallunos han perdido protagonismo en el concierto nacional, porque mientras sus momios andan litigando la nimiedad de quiénes pueden o no entrar a sus encopetados clubes sociales, no hay, hasta ahora, un solo vallecaucano designado en un puesto que le sirva a la región. Al Valle siempre le va mal: hizo presidente a Petro y este pagó pésimo a la comarca, y ahora que De la Espriella perdió allá pretenden aquerenciarlo el 7 de agosto, lo que a las 6 de la tarde de ese día ya nadie querrá siquiera recordar.

El Cauca es el más sacrificado de la posesión de Abelardo, porque quedó claro que nada se pudo hacer en la otrora cuna de presidentes, no precisamente porque el volcán Puracé amenazare con explotar, sino porque difícilmente el Estado puede asegurar el control de la hidalga y grata Popayán, hoy sometida a todas las formas de delincuencia. Así en el entorno abelardista aleguen que no pudo ser la ciudad blanca, Popayán, la que viera posesionar al mandatario por causa de la crisis climática, se sabe que, con o sin erupción del Puracé, allá no es posible convocar al país. Por lo pronto, solo les queda resignarse con cargar santos en las venideras semanas santas.

Y lo más paradójico: la posesión, guiada por los caprichos del presidente entrante, lo perjudica también a él, porque ese será un juramento desteñido para un ególatra que no resistirá la opinión adversa que pronto se elevará en su contra.

Adenda. El gobierno entrante dice reconocer la autonomía y soberanía del Congreso para elegir contralor, pero eso sí, hace saber que solo quedará a gusto si le nombran a uno de sus propias tropas.

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