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Después del agitado gobierno de Petro, en el que no ha habido un solo día en paz, el balance para la historia es que en este cuatrienio todos —gobiernistas y oposición— estuvieron dispuestos a poner la Constitución del lado de sus preferencias ideológicas y, de alguna manera lo han logrado, así fuera con retazos, como lo confirma el desorden y anarquía que hoy tenemos.
Primero fue la ilusión de una constituyente que Petro había prometido que no la convocaría. Olvidó esa promesa y asustó al país porque estuvo dispuesto a convocarla por decreto. El mecanismo idóneo para reformar la Constitución lo volvió odioso, tanto que no hay precandidato que se atreva a sostener que le jalaría a una constituyente, a pesar de que esa es la única forma posible para extirpar los vicios de la justicia y la política. Ese sueño constituyente a la brava aún no se ha desvanecido y equivocadamente la izquierda la reclama como una conquista suya que no deja dormir a la derecha. Todos desconocen que nuestra Carta Política es hija de una Constituyente que, duélale a quien le duela, definió una nueva ruta de los derechos ciudadanos y creó la Corte Constitucional, pero con lunares negros, como las facultades electorales a las Cortes, la elección clientelista y amañada de los togados, y la vergonzosa abolición de la extradición para calmar al temido Pablo Escobar.
Pero Petro tenía más sorpresas. Decretó en plena navidad, como para que ni siquiera llegara el niño dios, el estado de emergencia económica, sin motivos. Fue un desafío que esta semana se ha suspendido con una decisión judicial que tampoco está autorizada en la Constitución ni en ninguna ley, pero que sale de la pluma de la jurisprudencia. Por ahora hay quienes aplauden a la Corte por haber parado la arbitrariedad del ejecutivo, pero las ovaciones de hoy pueden convertirse después en lágrimas y en linchamientos.
Lo ideal es que nada de esto hubiera pasado, porque nadie puede asegurar que en unos años la Corte Constitucional y la justicia no den un vuelco hoy impensado y termine en manos de la ultraderecha y adoradores de las soluciones totalitarias. Por eso era importante que el gobierno no estrujara la Carta, para que tampoco se hicieran posibles medidas cautelares como la de suspender esos excesos oficiales. Qué tal, por ejemplo, la justicia del futuro influenciada por Álvaro Uribe, Abelardo de la Espriella, Enrique Gómez, María Fernanda Cabal, José Félix Lafaurie, Eduardo Zapateiro y Alejandro Ordóñez, para solo mencionar unas pocas especies del folclor nacional.
Es más fácil ser historiador que profeta, reza el adagio. No me imagino al maestro Carlos Gaviria respaldando una medida cautelar como la que hoy fue necesario adoptar para detener el embrujo autoritario de Petro. Del magistrado Gaviria es bueno recordar que no terminó su período en la Corte para irse a litigar a escondidas en los pasillos del Palacio de Justicia, o rondar las salas de empresarios o de los grandes bufetes, o cabildear para hacerse incluir como árbitro en cuantiosos litigios, pues siguió y murió en su ley, pensando en las soluciones democráticas por las que se lanzó a la presidencia y perdió sin descender en su estatura moral e intelectual.
No estuve de acuerdo con la emergencia económica de Petro, porque fue ostensible el ultraje constitucional, pero confieso, como demócrata y jurista, que, si bien el peligro de ese atropello parece conjurado, me inquieta que con esta medida cautelar de suspensión provisional del esperpento petrista se haya creado un monstruo que después nos devore toda la institucionalidad o lo poco que empieza a quedar de ella. Habría sido menos riesgoso que la Corte hubiera hecho su mejor esfuerzo y hubiera decidido con rapidez, pero en una sentencia, si la emergencia económica se estrella o no contra la Carta que ellos juraron defender.
Hay que pensar en el futuro y recordar el pasado, pues no sería la primera vez que tendríamos justicia falangista o fascista, pues de eso quedó memoria ingrata en las cortes de los años 50, entregadas al servicio de las dictaduras conservadoras de entonces y la dictadura militar.
Adenda No 1. ¿Dónde estaban los 38 “juristas” que hoy se erigen como voceros de la juridicidad nacional, cuando los falsos positivos o cuando cambiaron la Constitución en beneficio de un solo colombiano?
Adenda No 2. Difícil comprender el discurso de Petro antes de irse para Washington. Ojalá esa entrevista no termine en una tragedia.
