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“Delirium tremens”

Ramiro Bejarano Guzmán

15 de febrero de 2026 - 12:06 a. m.

El presidente Petro atraviesa un período de turbulencia emocional, no sabemos si por causa de un anónimo, o de un informe de inteligencia, o porque lo envenenó el ministro Benedetti, o por la garrotera pública entre sus exesposas, o por las cuatro cosas o por ninguna de ellas.

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Su primer disparo fue contra la Fiscalía porque esta anunció que imputará cargos a su amigote Ricardo Roa, el controvertido presidente de Ecopetrol, por hechos que se vienen discutiendo desde que asumió el cargo. A Petro se le ocurrió que esa decisión de la Fiscalía, que pudo haberse tomado mucho tiempo atrás, obedecía a un complot contra su campaña presidencial y contra el propio gobierno, sin que haya aportado siquiera un indicio de que esa versión tiene algún fundamento.

En efecto, el presidente soltó el riflazo de que el esposo de la fiscal es aliado profesional del cachorro falangista De la Espriella, y que, entonces, eso explica que Roa ahora tenga que comparecer a la justicia y seguramente renunciar para no causarle más daño a Ecopetrol. Y resultó que los tales vínculos de la pareja de la Fiscal con De la Espriella no han existido jamás, como lo refutó la señora Camargo. Solo quien no conoce al consorte de la fiscal puede atreverse a vincularlo con actuaciones turbias o con conjuras estatales, pues somos testigos de que es un profesional decente y un buen ser humano, sin tacha alguna, que ha prestado invaluables servicios al país, por lo que, inclusive tuvo que exiliarse cuando condujo la investigación por el magnicidio de Álvaro Gómez.

El problema del presidente Petro estriba en que cada cosa que no le gusta la atribuye a los enemigos que él mismo se fabrica y cultiva en su perturbada imaginación. Mas le serviría sentarse a reflexionar sobre los hechos que están detrás de la acusación que se veía venir contra Roa y dar una explicación plausible. En vez de defenderse con razones y argumentos, Petro monta una guerra atroz, valiéndose de dimes y diretes, y calumnia a la pareja de la fiscal sindicándolo de tener alianzas profesionales con alguien como De la Espriella.

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Le convendría mucho al presidente empeñado en la Paz Total que uno de sus asesores le llamara la atención acerca de que la salud colectiva no se mejora a gritos ni difamando a nadie, menos retando a funcionarios públicos que deben ser autónomos e independientes. No se ve a ninguno de sus ministros con entereza para enfrentarlo y llevarle la contraria; todos, sin excepción, son borregos, incluido el nuevo minJusticia que se cree bajado del cielo cuando reclama con petulancia que nadie tuvo que ver con su oportunista nombramiento.

Pero ahí no paran los bochinches, porque ahora Petro la emprendió contra un general de la Policía a quien sindica de haber pretendido entrampar su visita a Trump, para variar, también sin prueba alguna. En efecto, al general Urrego se le vincula con una operación siniestra para desprestigiar al mandatario y entorpecerle su encuentro con Trump. Y a eso se suma la afirmación de que el presidente tiene noticia de un plan para asesinarlo, por el que no hay un solo detenido y ni siquiera un sospechoso.

Nadie sensato se atreve a descartar que en este país de cafres alguien pudiera estar tejiendo un atentado contra el presidente. Eso es posible, porque lamentablemente somos una sociedad enferma que está habituada a la violencia y que cree que el mejor camino para resolver las diferencias es el aniquilamiento de los contradictores. Pero un presidente está obligado a obrar con mesura y extrema prudencia sobre todo tratándose de su propia seguridad, que en últimas lo es también de Colombia.

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Ni hay pruebas de que alguien esté interesado en atentar contra Petro, como tampoco hay evidencias de que el general Urrego de la Policía estuviera orquestando un plan malvado para poner droga en el automóvil del presidente y comprometerlo en su visita a Washington.

Es tan imperdonable y peligroso que alguien quiera atentar contra la vida del mandatario, como también que este diga que tiene noticia de que lo pensaban asesinar sin tener una sola evidencia.

No hay en el entorno de la Casa de Nariño alguien sensato y con fuerza suficiente capaz siquiera de insinuarle al presidente que no se precipite ni suelte acusaciones falaces ni se invente atentados que, por lo pronto, solamente hacen parte de sus peligrosas divagaciones.

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Adenda. ¿Cómo así que valerse de firmas falsificadas para avalar ante la Registraduría una aspiración presidencial no es un delito?

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