1 Aug 2021 - 5:30 a. m.

Democracia de papel

Otra vez se sacude políticamente Santander, ahora por la captura del senador Richard Aguilar, presuntamente comprometido en la celebración de contratos sin requisitos legales, concierto para delinquir y peculado mientras fuera gobernador de su departamento. Las evidencias filtradas son bastantes severas.

Aguilar es más de lo mismo. Miembro de una casta política tan poderosa que todos en su familia han sido o van a ser mandatarios seccionales, saltó al Senado como gran aliado del Gobierno en las áreas económicas. Allí le ha servido a Duque y ha sido recompensado con burocracia que será diezmada mientras enfrenta su defensa.

Si este infortunado suceso que lo ha hecho renunciar a su senaduría no se hubiere presentado, seguramente Aguilar muy pronto habría empezado a sonar como precandidato presidencial, para sumarse a ese directorio de muchos desocupados que acarician la ilusión de sentarse en el solio de Bolívar, pues si llegó Duque por qué no ellos.

Es una vergüenza que cada congresista que enfrenta cargos asuma la postura de retirarse del Congreso para ponerse a salvo de la Sala Penal de Instrucción de la Corte Suprema, trasteándose a la Fiscalía politizada y gobiernista de Barbosa, donde parece que rigieran otros códigos, pues allá los delitos de sus amigos se ven como bochinches de café, mientras que a sus críticos los persiguen implacablemente con hechos inventados.

La ciudadanía con razón debe de ver con indignación esa maroma judicial de buscar juez para sus causas, estrategia que de entrada tiene el efecto tranquilizador de que el renunciado queda por fuera del Congreso, pero también en libertad inmediata por obra y gracia de una enrevesada hermenéutica que prohíja el adefesio de que todo lo que haya investigado la Corte Suprema no sirve y hay que volver a empezar. Semejante desafío solamente pasa en Colombia. Estas cosas no pueden seguir ocurriendo, y si en verdad se piensa en una reforma a la justicia, lo primero que debería abolirse sería este columpio judicial, en vez de promover las puntadas inútiles y obvias con las que el impresentable ministro de Justicia ha embaucado al país, ambientando la falacia de que cuando sea aprobado el esperpento de ley estatutaria que está en trámite todos los procesos serán decididos cumplidamente. Es evidente que alguien como Wilson Ruiz no podía ser el funcionario capaz de atreverse a suprimir este salvavidas congresional que les permite a muchos de sus cercanos eludir el rigor de la justicia y buscar los paños de agua tibia de una Fiscalía complaciente pero solo con ellos.

Volvamos a Aguilar. Su captura, además del inmenso remezón que suscitó en su región, también revive la inquietud de si los gobernadores y alcaldes elegidos popularmente en verdad han traído más democracia, como suelen sostenerlo los herederos políticos de Álvaro Gómez, o si por el contrario, como lo creemos muchos, esa fue una habilidosa estrategia electoral para asegurar el control político del conservatismo en las provincias, que ha deteriorado la administración pública.

En el caso de Aguilar es censurable que toda su familia tenga tantas responsabilidades políticas. Un departamento tan vital con gentes laboriosas y educadas como siempre ha sido Santander, que tantas figuras cimeras le ha aportado a la nación, hoy es una finca política de una misma prole. De qué participación democrática estamos hablando en Santander, donde su más importante senador es hermano del gobernador del departamento y ambos son vástagos de quien fuera también mandatario. Y este es solo un caso emblemático de los muchos que hay, porque no han desaparecido los “feudos podridos” de los que hablaba López Michelsen, en los que siguen mandando los gamonales de siempre y sus familias. En San Andrés el contubernio entre el gobernador actual, Everth Julio Hawkins, y los hermanos Ronald y Jack Housni Jaller es un ejemplo lacerante.

Va llegando la hora de superar de una vez por todas ese remedo de democracia de la elección popular de alcaldes y gobernadores.

Adenda No 1. Lástima que Duque no hubiere tenido oportunidad de referirse en su entrevista en El Espectador a su impublicable álbum fotográfico con narcos y violadores.

Adenda No 2. Si la seguridad nacional la pone en peligro una ciudadana alemana que apoya las protestas pacíficas en Cali, no hay salvación.

notasdebuhardilla@hotmail.com

Comparte: