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Empezaron a desmoronarse los candidatos de la ultraderecha y por eso están agarrados, a tal extremo que sus potenciales electores ya no saben por cuál de los dos votar y ni siquiera pueden ayudarles las firmas encuestadoras que descaradamente militan en sus campañas.
Abelardo y Paloma se odian o por lo menos no se resisten, sin que el papá de crianza política de ambos, el inefable Álvaro Uribe, haya puesto orden en su propia tienda, y en lo que resta de campaña tampoco podrá enderezar a sus muchachos. Cuando los candidatos del Centro Democrático se califican mutuamente de mentirosos, no se equivocan: ambos tienen la razón.
Para empezar, está claro que los partidarios de Paloma no toleran ni se sienten cómodos con un posible vicepresidente que no se parece en nada al macho uribista y por eso le critican, se escandalizan con su orientación sexual y lo humillan. El uribismo está encartado con Oviedo porque ya advirtió que su millón y medio de votantes de la Gran Consulta no están pensando en sufragar por Paloma, ni tampoco por Abelardo, a quien, con razón, se sigue viendo como un chabacano agresivo.
A eso hay que sumarle que Paloma es una candidata mala y decepcionante, pues ha demostrado que no tiene conocimiento sólido de la función pública. Por ejemplo, salió a comentar en Noticias UNO que un pariente cercano se convirtió en propietario de miles de hectáreas baldías que compró a campesinos en Vichada, sin haber explicado cómo fue ese tránsito de bien baldío a propiedad particular. Esperemos que quien se autoproclama como la líder de la ley agraria y rural, como senadora al menos haya expresado su impedimento para intervenir en ese trámite por cuenta de su pariente comprador de terrenos baldíos. Pero también Paloma, otra vez honrando su hábito de no responder con claridad, solo ahora expresó su pesar por los “falsos positivos” en el programa de los jóvenes de Caracol TV —del que salió muy mal librada— y eludió responder si en su gobierno se pagarían incentivos a los militares por dar de baja a insurgentes. Y lo que es sorprendente, su explicación de campaña es que todo termina siendo culpa de la JEP, por no haber encarcelado a los oficiales que recibieron las tenebrosas órdenes del régimen de la seguridad democrática de asesinar 6.402 jóvenes.
Abelardo también es experto en no decir la verdad, inclusive en cosas nimias, como cuando sostuvo infantilmente que Fajardo se asustó al verlo, lo que resultó falso. Pero no solo tergiversa en esas minucias, sino también en lo sustantivo, pues mientras sostiene que no tiene alianzas con políticos tradicionales, detrás suyo están Mauricio Gómez Amin, el senador gavirista; Ernesto Macías, exsenador uribista; el grupo Creemos, del politiquero alcalde Federico Gutiérrez; el partido cristiano Colombia Justa Libres; el movimiento Salvación Nacional, en el que convive la más retardataria ultraderecha; el general Eduardo Zapateiro, su asesor de seguridad hoy acusado de acoso sexual; y, cómo no, esta semana recibió calladito la adhesión de Fuad Char, dueño de un gran clan electoral barranquillero.
Paloma y Abelardo sí coinciden en dos detalles: el primero, que sus aparentes seguidores ya ni saben quién es peor ni tampoco por quién votar. El segundo, en que la exsenadora uribista pura sangre María del Rosario Guerra, calladitamente y sin que se notara, habilidosamente les impuso su fórmula vicepresidencial, pues tanto Oviedo como el escalador José Manuel Restrepo son hechuras y cuotas políticas suyas. Dios los cría.
Y a todas estas crece el pánico porque la ultraderecha espera subsistir votando contra Cepeda, otro mal candidato que tampoco convence, y en esa encrucijada están pavimentando el camino de una derrota merecida e inolvidable.
No sabemos si el programa Júpiter que tanto ha sonado existe o no, pero que el miedo está influyendo en las intenciones de voto es una realidad. Pésimo final de una campaña presidencial en la que ningún candidato pudo convencer a un electorado que, en su mayoría, confiesa desagrado con esos aspirantes hoy ungidos como inderrotables por sus encuestadores de cabecera.
Adenda. Así lo comenté en su momento en esta columna. Fernando Sanclemente Alzate era inocente de los cargos infames con los que, por obra de las rencillas de Víctor Muñoz y la persecución del fiscal Barbosa, él con su familia han estado expuestos injusta y delictuosamente por siete años al escarnio público.
