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6 Mar 2022 - 5:30 a. m.

El libro de Serpa

Bajo el predecible título El país que viví, la familia de Horacio Serpa hizo públicas las reflexiones sobre su largo periplo político, tejidas luego de concluida su tercera candidatura a la Presidencia, de la que salió chamuscado y dolido.

Quedó resentido Serpa con mucha gente, inclusive cercana, después de su fracaso en el tercer intento por llegar a la Casa de Nariño. Rara actitud en él, porque no cosechaba odios y menos por deslealtades políticas, pues nadie mejor que él conoció la actividad pública.

No se aguantó Serpa las ganas y en la intimidad de sus cuarteles de invierno, seguramente acosado con la penosa enfermedad que se lo llevó, rememoró muchas desilusiones que lo debieron mortificar esos días de derrota humillante. Las escribió para no ser publicadas mientras viviera, sin calcular que, faltando él, sus deudos se animarían a hacer de sus recuerdos un libro que resultó ameno y debe ser leído por quienes quieran refrescar o aproximarse a los sucesos de la carrera política de este último caballero decente de estirpe profundamente liberal.

Los disparos de Serpa fueron varios. El que le dispensó a Ernesto Samper, su aliado de tantas batallas, fue duro sobre todo porque lo lanzó sin preocuparse por demostrarlo, pues le censuró jugarle doble, porque, según Serpa, se mostraba interesado en apoyarlo en la consulta liberal, cuando “era un secreto a voces que estaba con la reelección” de Uribe.

Se le filtró a Serpa su desencanto por “lo poco coherente que es la política”, pues, con razón, no entendía cómo el Gobierno de Pastrana y su partido apoyaban precisamente a Uribe, que se había opuesto al programa de la paz con las Farc en el Caguán. Tampoco, que Uribe aceptara el apoyo del ala pastranista, “cuando fueron los adalides del denostado proceso de paz que le habían abierto el camino a la Presidencia”. Y, como si fuera poco, Serpa se dolía de que los negociadores de paz de Pastrana —Luis Guillermo Giraldo, Juan Gabriel Uribe y Alfonso López Caballero— “profesaron fe de uribistas”. “Así es la política a veces: incomprensible”, sentenció Serpa. Al cierre del libro, Horacio dejó consignados los hechos que en su criterio hacen responsable a Uribe ante la historia de graves sucesos que influyeron negativamente en el país, tan bruscos y directos que eso explicaría por qué no publicó en vida sus memorias.

Fustigó Serpa a sus colegas liberales cuando lo dejaron solo en la campaña, en la derrota y en la oposición, mandándole razones “de que era una situación temporal y que más tarde regresarían al redil”, lo que le permitió recordar con su humor la lapidaria frase de Olaya Herrera: “Qué traidores tan leales”.

Serpa acertó en describir la pesadilla que lo puso a vivir el entonces fiscal Alfonso Valdivieso Sarmiento cuando lo involucró en un proceso penal absurdo y descabellado que lo tuvo ad portas de la cárcel y que le significó sinsabores, angustias y zozobra. Este episodio es útil rememorarlo, aunque Valdivieso sea un fiscal de ingrata recordación no solo por haber auspiciado lo que fue una cacería de brujas contra los ministros de la época, sino porque fue él quien inventó el cabildeo con cada magistrado de la Corte Suprema para promover su elección como fiscal, lo que se volvió una costumbre perniciosa que se tomó todas las altas cortes. El experimento le dio resultado porque se hizo fiscal sin merecerlo y así lo demostró cuando renunció intempestivamente para aspirar a la Presidencia, candidatura prefabricada por unos voltearepas y oportunistas de todos los gobiernos, que naufragó con su primer discurso de lanzamiento en el Hotel Tequendama.

Omitió Serpa referirse a su inexplicable respaldo a Alejandro Ordóñez, el temible y corruptazo procurador fascista que usó su cargo para perseguir y por ello hoy enfrenta una justa acción de repetición en su contra en la que, si aquí hay justicia, lo deben condenar a reparar al Estado.

Este libro póstumo es un testimonio de la rica existencia de un guerrero liberal de todas las horas y un entrañable amigo que tiene derecho a descansar en paz.

Adenda No 1. Embajadores o cónsules uribistas y duquistas trasteando votos desde el exterior, como lo propone Marta Lucía Ramírez. Así sí les rendirá.

Adenda No 2. Ante el asalto al erario con los abusos en la contratación pública por la suspensión de la Ley de Garantías, ¿dónde están los empresarios defensores de ese esperpento que aseguraban que no habría corrupción sin Ley de Garantías?

notasdebuhardilla@hotmail.com

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