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Notas de buhardilla

Escogiendo vices

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Ramiro Bejarano Guzmán
15 de marzo de 2026 - 05:06 a. m.
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En otros tiempos los vicepresidentes eran curtidos en la lucha política y solían ser elegidos presidentes. Desde 1994, salvo Germán Vargas Lleras y Humberto de la Calle, ninguno de los vicepresidentes ha podido intentar ser elegido mandatario, porque por estos días los segundos de a bordo —como los denomina Óscar Alarcón— son personajes de coyuntura, ninguno con capital político, quienes, por lo general, cuando les ofrecen esa posibilidad no hay quien rechace ese vitrinazo.

Lo que resulta caricaturesco es el enredo que armó Daniel Oviedo, para aceptar ser vicepresidente de Paloma Valencia, porque pretendió privilegiar sus discrepancias sobre el proceso de paz con las FARC. Tuvo que intervenir el expresidente Uribe, lo que confirmó que todos esos precandidatos son sus subalternos, sin excepción, y que allí es él quien manda, inclusive sobre Paloma y Oviedo. Solo falta que hayan opinado también el cuñado de Paloma, el contencioso Juan Carlos Pastrana, y su hermanito Andrés, pues todo hace prever que este par estarán ansiosos de ejercer como mandamases en la sombra de los candidatos de la ultraderecha y de ese probable gobierno. Pero, además, estos ex precandidatos tuvieron que llamar al empresario Arturo Calle para que orientara la tenebrosa alianza uribepastranista. Oviedo arrancó muy soberbio hablando de “líneas rojas” y llamado al orden bajó el tono a sus exigencias y entonces aceptó, sin advertir que quedarían mal ambos: ella, porque finalmente le tocó resignarse a que quien podría remplazarla no está de acuerdo con acabar la JEP; y él, por someterse al seguro encontronazo por subirse a un bus en el que lo recibirán con desconfianza, empezando por el mismo Uribe. Es inexplicable que solo después de la elección del domingo anterior, Valencia–Oviedo y los demás precandidatos se hubieren enterado de semejante discrepancia tan irreconciliable. Nunca hablaron sobre sus mutuos programas, por entregarse al efímero encanto de maquillarse para participar de los sosos debates que protagonizaron, a veces levantando paleticas de Sí o No, para opinar sobre aspectos cardinales.

Se ve igualmente aparatosa y amenazante la escogencia de la indígena Aida Quilcué, que ha llamado Iván Cepeda para su fórmula. Pésima decisión que le puede significar la derrota. Si así va a ser ese eventual gobierno, es evidente que no habrá espacio ni oídos para otros sectores ciudadanos, tal y como ha sido el cuatrienio de Petro. El mensaje ha quedado claro, sobre todo porque ni Cepeda ni su flamante vicepresidenta han dicho que de ganar gobernarían para todos los colombianos, porque temen asustar a sus agitados electores. Por lo demás, lo poco que registran sus compatriotas de Quilcué son sus intervenciones airadas e intransigentes como senadora. Las mismas que vienen mostrando dos jóvenes congresistas del Pacto Histórico que fueron reelegidas —María Fernanda Carrascal y Esmeralda Hernández— quienes, con su triunfalismo exacerbado y sus excesos verbales, asustan en vez de convencer.

Y el caricaturesco vicepresidente José Manuel Restrepo de De la Espriella arrancó dejando constancia de que no se le puede creer nada. Este es uno de los que habría aceptado esa coloca sin importar de qué campaña lo hubieren invitado. En efecto, el exministro Restrepo arrancó contradiciéndose, pues primero se autopromocionó como un hombre formado en la academia —no dijo si fue en la militar—, conciliador, deliberante y casi que premio nobel, pero luego se fotografió con su nuevo jefe haciendo la parada militar con el grito totalitario “firmes por la patria”. Si a Restrepo lo llamaron para suavizar la imagen de extremista de Abelardo, no entendió el mensaje o definitivamente está lejos de ser un demócrata o alguien que construya consensos.

Me faltó espacio para los otros vicepresidentes, pero por lo pronto celebro la acertada designación de la educadora y demócrata Edna Bonilla, para acompañar a Sergio Fajardo.

Adenda. El gobierno con un decreto de emergencia económica ha empezado su proyecto de estirpe confiscatoria para aniquilar las universidades privadas con la imposición de impagables impuestos. Petro solo quiere universidades públicas, destruyendo de un plumazo los aportes centenarios de las universidades privadas en la educación de millones de compatriotas.

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