Aunque las películas biográficas incurren en exageraciones o en omisiones, según las preferencias del director, La Vie en Rose resultó excelente, por el fascinante personaje que fue Edith Piaf —magistralmente interpretada por Marion Cotillard—, la mítica cantante que 44 años después de su muerte sigue siendo primera en Francia y recordada en el universo.
Que la Piaf, hija de una inmigrante italiana, cantante callejera, y de un acróbata de circo, se hubiese convertido en la estrella que inventó un nuevo estilo y que hoy sigan vendiéndose sus discos, es obra de su portentosa y gutural voz pero también de la diosa casualidad.
Como si el destino tuviese averiguado que su vida tendría un recorrido tormentoso, todo en la Piaf es misterioso y cautivante. Si la entonces cantante de las empinadas calles de Montmartre no hubiese sido escuchada por azar por Louis Leplée, el dueño de un cabaret en los Campos Elíseos, el mundo se habría quedado sin conocer a esta diminuta pero prodigiosa artista. A partir de ese encuentro casual, todo lo demás ocurrió con una velocidad inesperada, hasta su propia existencia que se apagó a los 47 años, cuando su mala vida la había transformado en una anciana prematura, que falleció probablemente sin haber transitado la menopausia.
La película que ahora nos llega deja lagunas grandes sobre episodios trascendentes, como la del nacimiento de su hija, Marcelle, que murió muy niña, pero que marcó para siempre la tragedia de la Piaf. Tampoco trajo nada sobre ese período de la Segunda Guerra Mundial, que aún suscita interrogantes, pues mientras algunos sostienen que durante la ocupación nazi en Francia, no fue del todo adversa a los alemanes, otros aseguran que en esos años ayudó a escapar a muchos judíos. Es probable que la idolatría de los franceses por su artista no permita que nada ni nadie la maltrate, ni siquiera el rumor, como sí le ocurrió a la diseñadora Coco Chanel, sindicada de colaborar con las fuerzas invasoras. Por encima de todo la Piaf es un símbolo de la cultura francesa.
En los amores volcánicos de Edith, la película acierta en su romance con el boxeador Marcel Cerdan, pero omitió sus otras aventuras con Ives Montand, Charles Aznavour y George Moustaki, entre otros, que le ponen a la vida de la Piaf ese toque de bohemia intensa que brota de sus canciones. Ciertamente, estas relaciones, si bien fueron breves, generaron hondas consecuencias en la vida de todos los involucrados, pues ese impresionante abanico de amantes que andando el tiempo se harían igualmente intérpretes célebres, de alguna manera constituye la herencia del estilo de la Piaf. Tampoco trajo nada la cinta sobre otro romance menos trascendente con Marlon Brando, que conociendo los protagonistas debió de haber sido ardiente y tempestuoso.
Aunque la película habría podido prescindir de unos veinte minutos, es buena y agradable, porque recrea con fortuna la Francia de la época y especialmente porque con todas y cada una de las canciones de la Piaf, está presente París, la hermosa ciudad que fue testigo excepcional de la vida de la más grande intérprete francesa.
La Piaf duerme el sueño de la eternidad en el cementerio Pére Lachaise, paradójicamente situado cerca del 5 Crespin du Gast, la calle en la que transcurrió su infancia miserable y donde hay un museo en su honor; aún hoy cada día uno de sus fieles admiradores secretos deja en su tumba una rosa roja.
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Adenda.- Que el adormilado ministro Carlos Holguín, con su estilo socarrón e irresponsable, sugiera que la propia Piedad Córdoba tiene la culpa de las agresiones que está recibiendo, es insólito, indignante y extremadamente peligroso. Nada justifica ni excusa semejantes actos de intolerancia. El mensaje es claro, quien no opine en el mismo sentido que el Gobierno, tiene merecido los ultrajes por disidente.
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