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Jamás votaría por Abelardo de la Espriella, no solo por el daño que su gobierno causaría al país, sino porque es una amenaza para los demócratas que lo critican por sus excesos de todo orden. Tampoco me entusiasma Iván Cepeda, pero habrá que esperar a comprobar si en lo que resta de campaña rectifica y abre espacios de tolerancia que ha mantenido cerrados.
Moralmente me siento incapaz de apoyar con mi voto a un ser tan despreciable y peligroso como De la Espriella, aliado además con el nieto de Laureano Gómez, su jefe de debate, el senador electo Enrique Gómez Martínez, quien mostró su talante antidemocrático y vengativo al arremeter contra los periodistas, en particular los de la antigua W Radio, y así anticipar lo que será ese régimen que perseguirá y reducirá a las mazmorras a sus contradictores, como lo hizo su tempestuoso abuelo, el dictador civil que pretendió aniquilar al Partido Liberal.
La noche del domingo pasado creíamos que nos acostaríamos con la tranquilidad de haber concluido bien la primera fase de un proceso electoral complejo, pero tuvimos que dormir alarmados luego de oír ordinarieces, insultos y amenazas. No habíamos presenciado una jornada tan procaz como la del 31 de mayo, que recordaremos por años. De la Espriella y Cepeda se equivocaron y ofendieron a la ciudadanía con sus lenguajes agresivos y destemplados, como lo registró el comunicado de la Conferencia Episcopal, pero Abelardo escaló todos los decibeles de la chabacanería.
En efecto, De la Espriella, visiblemente agitado, presidió desde un planchón una manifestación ilegal a la que llegó ebrio de poder, enardecido, con ojos desorbitados por la ira, con gestos descompuestos y casi siempre ridículos. No disimuló su soberbia, megalomanía y narcisismo, todo para, en nombre de la Patria y de la Constitución que dice defender, enrostrarle el código penal a su contradictor e intimidar a todo aquel que se atreva a disentir de su verbo inflamado y sanguinario. Sobre esas bases irascibles prometió imponer “por la razón o por la fuerza” el autoritarismo que disfraza de democracia.
Es grande el reguero de políticos que quedaron haciendo cola para arrodillarse ante esa tenaza siniestra que encarnan Abelardo, Enrique Gómez y su tenebrosa banda de intransigentes y perseguidores. Empezando por Álvaro Uribe, quien hasta el último día del reinado efímero de Paloma le causó estragos, al aparecer junto a ella y vociferar contra Cepeda, como si el candidato fuera él. Ahora, seguramente procederá igual desde la barcaza de Papucho. Como aquí la política se ejerce sin principios, a las toldas de De la Espriella arribarán hambrientos de poder César Gaviria e Ingrid Betancourt, y los sobrevivientes de la Gran Consulta como David Luna, Aníbal Gaviria, Juan Carlos Pinzón, Juan Manuel Galán y otros de la misma nómina, amparados en el inmoral cuento de que como la política es dinámica, ahora podrán reunirse de nuevo con el uribismo del que pretendieron renegar cuando andaban debajo de las faldas de Paloma. Sin descontar a los extranjeros que de manera ilegal y abusiva interfieren en nuestro proceso electoral como María Corina Machado, Luis Almagro, Santiago Abascal, los presidentes Daniel Noboa —como lo confirmó la Comisión de la Unión Europea—, Nayib Bukele y Javier Milei, entre otros, para no mencionar la larga lista de americanos abelardizados.
Y que no se nos olvide pasar cuenta a las encuestadoras, todas derrotadas porque ninguna acertó. Sin explicar sus desaciertos, ahora andan engañando a la opinión, como siempre. Solo falta que atribuyan sus equivocaciones a la ley que esperan reformar a su amaño y que han logrado cercenar en la Corte Constitucional.
Adenda. A quienes no recuerdan o no conocen lo que fue la tiranía conservadora de los años 50, que estaría por renovarse con Abelardo de la Espriella y el camandulero José Manuel Restrepo —sucesor de Alejandro Ordóñez—, les aconsejo leer el magnífico libro LA FRAGMENTADA UNIÓN NACIONAL. Sistema Político del Gobierno de Mariano Ospina Pérez (1946-1950), de la historiadora Ana Catalina Reyes Pérez, fallecida tempranamente, publicado por la editorial de la Universidad Nacional. Contrasta este trabajo serio con la versión sesgada y godificada del libro póstumo de Vladimiro Naranjo, Reinvindicación histórica del Frente Nacional, el pacto de impunidad con el que se arroparon los protagonistas de esos años de bipartidismo excluyente y corrompido.
