8 Aug 2021 - 5:30 a. m.

Lo que somos

Durante muchos años asistí al Campín todos los domingos para ver a los equipos locales, siempre con la esperanza de que perdieran. Hoy quedé reducido a ir solo cuando juega el Deportivo Cali, aunque en la última ocasión tuvimos que soportar los insultos de una santafereña que no nos permitió celebrar el único gol que el equipo ha marcado allí en una década. Antes ir al estadio era muy grato porque nadie se atrevía a agredir a quien estuviese apoyando a los cuadros enfrentados con Santa Fe o Millonarios. Era una terapia semanal cuya cita cumplía con puntualidad. Hoy ir a fútbol es una actividad peligrosa y desagradable.

La agresividad en las tribunas ya no es verbal sino física, contra hombres, mujeres, niños y niñas. Es como hacer parte de un manicomio de gentes enfurecidas que son capaces de matar. Por eso pasó lo que vimos esta semana, cuando unos jóvenes golpearon hasta dejar inerme a otro, porque no pudieron arreglar a madrazos sus diferencias, que es como se solucionaban esas pequeñas guerras futbolísticas.

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