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Ramiro Bejarano Guzmán

08 de agosto de 2021 - 12:30 a. m.

Durante muchos años asistí al Campín todos los domingos para ver a los equipos locales, siempre con la esperanza de que perdieran. Hoy quedé reducido a ir solo cuando juega el Deportivo Cali, aunque en la última ocasión tuvimos que soportar los insultos de una santafereña que no nos permitió celebrar el único gol que el equipo ha marcado allí en una década. Antes ir al estadio era muy grato porque nadie se atrevía a agredir a quien estuviese apoyando a los cuadros enfrentados con Santa Fe o Millonarios. Era una terapia semanal cuya cita cumplía con puntualidad. Hoy ir a fútbol es una actividad peligrosa y desagradable.

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La agresividad en las tribunas ya no es verbal sino física, contra hombres, mujeres, niños y niñas. Es como hacer parte de un manicomio de gentes enfurecidas que son capaces de matar. Por eso pasó lo que vimos esta semana, cuando unos jóvenes golpearon hasta dejar inerme a otro, porque no pudieron arreglar a madrazos sus diferencias, que es como se solucionaban esas pequeñas guerras futbolísticas.

Y es entonces cuando el estupor por las imágenes que vimos hace que se tomen decisiones equivocadas o se omitan ciertos detalles. El Gobierno nacional pone el grito en el cielo y dice que no se va a tolerar la violencia en los estadios, pero olvida que el Centro Democrático es precursor de esos mismos arrebatos. Tengo vivo el recuerdo de una marcha convocada por el partido de gobierno, a la que tuvieron la desafiante iniciativa de concurrir Daniel Samper Ospina y Vladdo. Ingenuos y temerarios. Obviamente el Centro Democrático no es una congregación pacifista y mis dos buenos amigos fueron expulsados apenas transitadas unas pocas cuadras, con lo cual les hicieron un favor porque eso iba para linchamiento. En cambio, alias Popeye, el sicario de Pablo Escobar, marchó con sus copartidarios uribistas tranquilamente, sin que nadie se atreviera a criticarlo.

Esos brotes de intolerancia fueron lo que vimos en las jornadas de protesta este año, protagonizados principalmente por unos momios de Cali ayudados por policías. Es lo que va quedando en el subconsciente de algunos ciudadanos, por eso lo que sucedió en El Campín y seguirá pasando en todos los estadios no es inesperado. Ni ajeno a la política, de la que nuestro nobel Gabo dijo que aquí no hay seguidores sino hinchas.

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Tiene razón Gustavo Serpa, máximo accionista de Millonarios, cuando critica la solución de prohibir el ingreso a los estadios de los simpatizantes de un determinado equipo por un año y sanciones parecidas, pues ninguna de esas medidas represivas resolverá el problema y, por el contrario, incrementarán el odio y el resentimiento, además de afectar las maltrechas arcas de los clubes. El tema hay que enfrentarlo de manera diferente.

Lo primero es que mientras las autoridades dan declaraciones alteradas contra esos desmanes, a ninguna se le ocurrió formular denuncia penal contra los agresores y el fiscal Barbosa ni siquiera aprovechó el ruido mediático que tanto disfruta para promover de oficio la investigación. Por cuenta de ese olvido, cuando uno de esos patanes se presentó a la policía tuvieron que dejarlo libre. Si lo hubieran detenido, otra sería hoy la percepción de lo que pasó.

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Lo segundo es que, en materia de seguridad, los asistentes a esos espectáculos masivos deben pasar por filtros para detectar si portan armas y despojarlos de las mismas. Además, si bien los estadios no se pueden llenar con más policías que espectadores, sí es urgente que haya un número suficiente de uniformados —no del Esmad— que reaccionen inmediata, eficaz y prudentemente cuando se prendan las barras bravas.

El asunto no es solo policivo ni judicial, porque la raíz del problema es la incultura, que no se combate con bolillo ni con plomo venteado, sino con educación. Desde los primeros años de formación hay que sembrar en las nuevas generaciones la postura de la no agresión como mecanismo para expresar la disidencia o el desacuerdo. Hay que enseñarles a leer, pensar, pero sobre todo a vivir en comunidad.

Por lo pronto guardaré mi camiseta de la amenaza verde para vestirla cuando me siente a ver resignado por televisión al equipo amado.

Adenda. Urgente que Mancuso concurra a la JEP a revelar lo que apenas esbozó esta semana en la Comisión de la Verdad, que fue lo que el gobierno de Uribe no dejó que divulgara cuando lo extraditaron sin haber hablado aquí.

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