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Nuevos mejores amigos

Ramiro Bejarano Guzmán

08 de febrero de 2026 - 12:06 a. m.

Aunque no he cambiado de opinión en cuanto que el gobierno de Petro es un desastre, no me ofende que le haya ido bien en su reunión con Trump, o que por lo menos no se sepa que le fue mal. Es la primera vez en la historia en que un presidente americano recibe en su despacho oval a quien antes tenía por jefe de una organización narcotraficante. El que hizo el milagro no fue Petro ni Trump sino el embajador Daniel García-Peña.

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Tuvo razón el editorial de El País de Madrid, al señalar que “la lección de esta reunión es clara: Colombia y Estados Unidos están condenados a entenderse. No deberían necesitar una crisis para recordarlo. La diplomacia madura evita el choque innecesario y reserva el desacuerdo para los espacios donde puede ser productivo. Todo lo demás solo debilita a quienes, al final del día, saben que no pueden darse la espalda”.

En cambio, resultó sorprendente el vaticinio de la candidata uribista, Paloma Valencia, según el cual de esa visita alguien saldría muy aburrido y no sería precisamente el mandatario americano. Otra vez no acertó.

¡Pobre Paloma! Debe ser la permanente compañía siempre belicosa de su amo Álvaro Uribe, o la de su soberbia e intocable parentela política de los Pastrana, o ambas, que le han hecho perder la cordura y las buenas maneras. Las pasiones politiqueras envenenan el alma y calientan la lengua, y a Valencia ya se le nota que no puede pensar ni en su futuro, pues solo desea que a Petro se lo lleve al diablo. De nada le serviría al país que esa reunión por la que el presidente nos hizo temer resultara mal. Solo el odio y la mezquindad pueden disfrutar un daño colectivo.

A quien la campaña cada vez le hace más daño es a Juan Carlos Pinzón, pues está empeñado en disputarle al cachorro falangista De la Espriella su pedestal como mal ser humano. Hace unos días soltó la mentira de que era el único precandidato que sabía de operaciones militares porque había sido comandante de las fuerzas armadas. Lamentable yerro. No, doctor Pinzón, no se confunda ni desoriente: una cosa es haber sido ministro de Defensa, lo que simplemente lo convirtió en vocero político de los militares en un gabinete; y otra, bien diferente, haber comandado el aparato militar de la Nación, dignidad que le corresponde al presidente de la República y al comandante de las Fuerzas Armadas. Pinzón no ha comandado ni siquiera un grupo antimotines. Eso es tan disparatado como si el ministro de Justicia dijera que comanda todas las altas Cortes y despachos judiciales.

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Pero, además, a Pinzón le pareció que era momento oportuno de calificar a Petro de arrodillado y de haber sido tratado mal en la Casa Blanca, porque la jauría uribizada no contaba con que al presidente sin visa e incluido en la lista Clinton lo iban a recibir por más de dos horas en el epicentro del poder americano, ni que al terminar la entrevista el propio Trump, de su puño y letra, le extendería una nota amable, reparadora y reconciliadora. De eso se trataba ese episodio, no de que se gritaran o insultaran, ni menos que rompieran relaciones los dos países. Eso tan sencillo lo comprende cualquier colombiano del común, pero no algunos de los flamantes aspirantes al solio de Bolívar.

Que esta cita entre los dos mandatarios tenga consecuencia inmediata en que termine ese esperpento de la Paz Total es una noticia trascendente. Los grupos insurgentes están molestos por la entrega de las listas de “alto valor conjunto” de cabecillas del Clan del Golfo, el ELN y el autodenominado Estado Mayor Central de las disidencias de las FARC, que seguramente ya conocían las autoridades gringas. Lo insólito es que los alzados en armas pretendan influir en el manejo de las relaciones internacionales. Semejante pretensión es fruto del envalentonamiento que propició el Gobierno y es completamente inaceptable.

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Lo que resta del gobierno de Petro tendrá que enfrentar un endurecimiento de las operaciones contra los grupos al margen de la ley para poder cumplirle al gobierno gringo. Ya veremos si Petro da las órdenes pertinentes y si los militares le jalan a cumplirlas.

Adenda No 1. Una Superintendencia con agenda política que administra, controla, husmea documentos amparados por el secreto comercial, sanciona y además se disfraza con la toga de un juez, amenaza cualquier democracia.

Adenda No 2. El Consejo Nacional Electoral no tiene ninguna credibilidad ciudadana, intimida e incentiva los rencores. ¡Qué lujo!

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