Qué tendrá que pasar para que la llamada jerarquía eclesiástica criolla cambie de postura en el sensible tema de la pederastia de muchos sacerdotes. Son tantos los casos hoy judicializados, que con sorna le oí decir a un comentarista desprevenido que eso ya dejó de ser escándalo y se volvió costumbre y hay que estar atentos porque a lo mejor lo vuelven obligatorio.
Está comprobado que, por lo general, los curas son reacios a hablar de estos asuntos y aceptar preguntas. El periodista y escritor Juan Pablo Barrientos le ha prestado un servicio extraordinario a la verdad, por cuanto ha sido valiente con sus investigaciones y denuncias contra este flagelo que ha hecho desconfiable a la comunidad sacerdotal en muchos sectores, no sin razón, sino con muchas pruebas. Barrientos ha tenido que enfrentar episodios judiciales por cuenta de uno que otro prelado de los que odian que les saquen las sotanas al sol, pero qué se va a hacer, ellos que siempre están dispuestos a censurar y poner en la picota a todo aquel que no comulga con sus credos, tienen que habituarse a que mientras la sociedad no vea gestos de arrepentimiento sinceros y propósito de no repetición y reparación, los van a seguir señalando por este pecado gravísimo.
A las FARC les reclamamos por su política criminal de reclutar menores, pero cuando se trata de denuncias contra los sacerdotes que deshonran sus compromisos éticos y apostólicos, la derecha rezandera las guarda en el baúl ultrasecreto de las disposiciones canónicas.
Esta costumbre de la indiferencia frente a los abusos sexuales de los curas pederastas hay que enfrentarla y erradicarla, y el ejemplo que les ha dado el Papa León XIV en su reciente visita a Francia a todos los cardenales, arzobispos, obispos, curas, sacristanes y hasta los mismos civiles practicantes de esta fe, no puede ser otra vez menospreciado.
Francia ha sido una de las naciones más fustigada por sacerdotes abusadores de menores y allá también han sido dolorosos los escándalos. En efecto, con ocasión de la famosa condena a monseñor Di Falco, la asamblea de obispos en marzo de este año tuvo que poner en marcha un conjunto de acciones denominado “Renacer” para restablecer económica y moralmente a quienes siendo menores han sido víctimas de abusos sexuales por sacerdotes. Por eso, en cuanto pisó Francia, el papa no eludió el asunto y lo convirtió en itinerario de su apretada agenda.
Aunque no es fácil coincidir con todo lo que digan los llamados sucesores de San Pedro –más en estos tiempos, porque siempre hay algo en sus homilías que distancia–, Leon XIV siguió el ejemplo de su antecesor Francisco, quien se había reunido en Portugal también con trece víctimas de abusos sexuales. En efecto, León lo hizo con siete personas que siendo niños fueron víctimas de curas abusadores, y reconoció que eran muchas más pero que había sido imposible reunirlas a todas porque no pudieron ser localizadas.
¿Qué se dijo en esa estremecedora reunión del papa en Lourdes? Nada se sabe, pero por las declaraciones de varios de los invitados, todo indica que empezaron a doblar la página. Se les vio agradecidos con que un pontífice haya creído sus reclamos y los haya tratado como víctimas y no como denunciantes de tragedias “incómodas”.
Así el papa se hubiere entrevistado solo con siete de los miles que en Francia han sufrido los abusos sexuales por vivir en seminarios o acercarse a iglesias, el mensaje es contundente: la iglesia no puede seguir ocultando esto, ni tratándolo en los seminarios ni en el secretismo canónico. Hay que aceptar que se han equivocado, escondiendo la vergüenza que los seguirá persiguiendo hasta cuando entiendan que solo la verdad purga tan fatales yerros. Los males que se curan con padres nuestros, avemarías, o vivas a cristo rey, quedan mal cicatrizados.
El cardenal Rueda, quien ha decepcionado porque en principio se llegó a creer que tendría una aproximación no tan retrógrada ante este pecado-delito, tiene ahora la oportunidad y la responsabilidad de promover un auténtico propósito de enmienda. Es la última oportunidad que tiene la iglesia de rectificar, porque cuando Roma Locuta, Disputa Finita.
Adenda. Si al ambiente hostil y peligroso del gobierno con muchos periodistas y medios se suma un estatuto antiterrorista que pretende combatir el terrorismo con más terror y una legislación que limita la protesta social, es evidente que todas esas señales comprometen la estabilidad de la democracia.