Al escribir esta columna todavía no conocemos cómo resultarán la posesión presidencial ni las marchas de la oposición para el 7 de agosto. Muy pocos creen que la toma del juramento será pacífica y austera, como lo ha prometido el presidente electo, porque su fogoso torrente sanguíneo no le permite comparecer sereno y conciliador; lo suyo es el ruido, la provocación y la exhibición. Pase lo que pase, el presidente iniciará su cuestionado mandato en medio de una profunda desconfianza, inclusive de quienes votaron por él.
Son muchas las inquietudes que quedan al empezar el gobierno, para cuyo ejercicio ni el mandatario ni varios de sus ministros tienen experiencia conocida y otros sí, pero sin credibilidad. No me refiero a las revelaciones personales y profesionales expuestas recientemente en un demoledor artículo del New York Times, frente a las cuales De la Espriella y sus defensores prefirieron callar. Sobre esos asuntos espinosos el tiempo dirá. Pero en el día a día De la Espriella deberá definir sus relaciones con la oposición, con la prensa y con la sorpresiva inclinación a comportarse como sacerdote mariano, al estilo del otrora procurador, Alejandro Ordoñez, de ingrata recordación por los daños que hizo, pero ahora rehabilitado como impresentable embajador ante la OEA.
Todo apunta a que tanto De la Espriella como sus ministros no llegarán a gobernar sino a descubrir faltas disciplinarias o delitos del gobierno saliente. Mejor dicho, una especie de cacería de brujas en la que es bien probable que los nuevos ministros imiten el tono y propósito camorrero del alcalde de Medellín, Fico Gutiérrez. Se gastarán sus mejores días persiguiendo al gobierno saliente sin convencer y muy pronto los acosarán los opositores marchando en las calles e inflamando la opinión que para entonces les cobrará caro ese estilo pugnaz y belicoso de gobernar con el agravio y el código penal.
Tampoco De la Espriella puede pretender tener buenas relaciones con una prensa amenazada con sus innumerables rencillas judiciales contra varios comunicadores y articulistas, pues afirmó en campaña en Caracol TV que no tiene problemas con la prensa, pero sí con 13 personas que no considera comunicadores sino “activistas”. El solo hecho de que ya tenga una lista de personas a las que menosprecia e insulta, revela su ánimo pendenciero y déspota. Con esas credenciales no parece que el gobierno esté interesado en respetar a los comunicadores y cesar sus amenazas, ni con nadie que no lo aplauda. Por eso, hizo de las invitaciones a su posesión manifestaciones de odio y retaliación.
Lo peor de De la Espriella, aun sin posesionarse, fue el ridículo consejo de gabinete entrante, en el que vimos una ceremonia de estirpe fanática en la que aparecieron sus mediocres subalternos en trance arrastrándose para darle gusto a la convocatoria religiosa con la que violaron groseramente la laicidad de Colombia, reconocida en varios artículos de la Constitución y en innumerables fallos de la Corte Constitucional. Es muy diciente que ni un solo ministro luego de agradecer el regalo de una biblia hubiera tenido carácter para expresarle su desacuerdo con mezclar lo religioso con la función pública, como lo manda la Carta Política pisoteada por todos.
De la Espriella y su combo han engañado, porque nadie tenía calculado que este sería un gobierno camandulero, como en los años 50 cuando “el monstruo” Laureano Gómez desterró el comunismo. Ahora la estrategia de excluir a Marx y condenar el comunismo tiene aparente rostro amable de mujer: la ministra de Educación, Viviane Morales, inteligente, entendida, aunque no tan docta como ella lo presume, dialécticamente habilidosa pero intransigente y áspera, que quiere imponer su fe cristiana como forma de vida obligatoria para la sociedad colombiana. En eso coincide con el bocón vicepresidente Restrepo, a quien es fácil augurarle que no pasará mucho tiempo sin que su superior se sienta desplazado por las agallas de su segundo a bordo.
Quienes votaron por Abelardo se preguntarán hoy si quieren vivir en un régimen como el que ha popularizado la serie “El cuento de la criada”. Muchos querrán bajarse de ese bus que viene sin frenos y conducido por un enardecido falangista que en la primera curva puede terminar estrellado contra su propia fe. Para todos, abelardistas o no, ya vivimos otra “horrible noche”.
Adenda. Ingrato y desagradecido Abelardo. A Paloma tampoco la invitó a su posesión después de que ella sí le apoyó. Veremos si Uribe se traga tranquilo semejante bofetadón.