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Notas de buhardilla

Que vengan los debates

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Ramiro Bejarano Guzmán
12 de abril de 2026 - 05:11 a. m.
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Llevamos meses oyendo a los aspirantes a la presidencia y en plata blanca solo tenemos recuerdo de sus insultos mutuos, lo cual no basta para que la ciudadanía esté bien y suficientemente informada.

En efecto, con tanto precandidato y luego con un número significativo de candidatos, la mayoría de los sufragantes ha quedado despistada, y si a eso le agregamos la proliferación de encuestas nada creíbles y contradictorias, el mal puede resultar incurable. Por ejemplo, es muy frecuente oír a varias personas de procedencia derechista sostener que van a votar con desgano por Paloma, pero porque Fajardo ya está derrotado. Y esos son los más benévolos, porque hay quienes andan furiosos con Fajardo por no haber participado en ninguna consulta y pretenden castigarlo no votando por él. Es antidemocrático y un disparate asegurar que un candidato ya está derrotado sin que se hayan celebrado las elecciones. Si seguimos por ese camino pues bastaría eliminar las elecciones y dejar que los encuestadores digan quién es el elegido según sus querencias y necesidades económicas, que en últimas son las que gobiernan a algunos de esos mercenarios medidores de opinión y de intenciones de voto.

Argumentos como esos están confirmando que al ciudadano no le están llegando las propuestas de cada quien, precisamente porque los extremos no permiten apreciar de qué tamaño es la discusión y cuál es su rumbo. Por lo pronto, lo único claro es que todavía nada está decidido.

Fajardo hizo bien en no someterse a ninguna consulta, empezando por la del Centro Democrático, pues de haberlo hecho habría salido derrotado y habría tenido que cargar la pesada maleta de contradicciones de Paloma y del camaleón Oviedo. Y está fuera de duda que allí habría naufragado porque los uribistas no votarían por él, ni Álvaro Uribe habría dejado de hacer campaña en favor de su ahijada payanesa de estirpe pastranista. En ese experimento es notorio que Paloma ganó por fuerza de que su padre eterno, Uribe, le hizo el trabajo presentándose con ella en todas partes, pero también porque en la consulta no pudo participar Miguel Uribe Turbay. Y es también ostensible que si Fajardo políticamente aún sigue vivo es precisamente por su coherencia y por no renunciar a su independencia.

Por discusiones como esas se hace necesario que se legisle en el sentido de imponer a quien aspire a la presidencia la obligación de asistir a debates públicos, so pena de que si no lo hace se le sancione, como en México y Argentina. Por supuesto, eso también debería cobijar a los medios de comunicación para propiciar escenarios en los que se respeten todas las opciones y el país pueda ser testigo de lo que están proponiendo sus dirigentes. Ningún candidato quiere confrontarse con otros, salvo por los enfrentamientos en el Senado entre Paloma y Cepeda que algunos cuestionan alegando la bobería de que ese no es el escenario para controversias entre candidatos, como si el parlamento no fuese por esencia el sitio para discutir.

En efecto, Cepeda no va a debates, mientras el “cachorro” De la Espriella, experto en vociferar y amenazar, promete que sólo asistirá si Cepeda se presenta. Ninguno de los dos está dispuesto a deliberar delante de opinadores o expertos independientes no matriculados, como lo son la mayoría de los flamantes comentaristas electorales. Además, De la Espriella sostiene que nunca discutirá con Paloma, pues con ella apenas sostendrá conversatorios. Y a todas estas Paloma reta a sus contradictores para debatir, pero sobre los temas de su conveniencia como la paz total, porque no está interesada en que esa confrontación dialéctica se extienda al legado atroz de los gobiernos de Uribe y Duque. Sacando el cuerpo le rinde, como cuando eludió la pregunta sobre la relación de su pariente político Andrés Pastrana con Jeffrey Epstein y terminó hablando de las FARC.

Los candidatos solo hablan con los periodistas militantes de sus causas y así se limita el debate público vigoroso, trascendental para tomar la decisión electoral más importante. Hoy elegimos con base en circos y pan, los programas no importan. La obligatoriedad de los debates ayudaría a remediar ese vacío. Como van las cosas esta contienda electoral será recordada por los alaridos de casi todos los candidatos.

Adenda. Ahora el minjusticia, desde la penumbra de su desempeño, desliza su taimada sugerencia de la reelección presidencial con un período intermedio y por una sola vez. ¡Lo que faltaba!

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