No se entiende la razón por la cual, después de la aparatosa y merecida caída del general Henry Sanabria de la dirección de la Policía, junto con la subdirectora, el Gobierno se empeña en sostener la falacia de que lo único que tiene son palabras de agradecimiento para con este fanático que casi acaba con todo. Este ha sido un error monumental que le pesará a Petro por el resto del período y durante toda su vida.
Sanabria salió bien echado tanto porque estaba convirtiendo la Policía en un seminario mariano en el que solo tenían cabida los de la rosca de rezanderos, ultrajando la laicidad por la que tanto se ha luchado en Colombia, como porque cometió la terrible imprudencia de hacer declaraciones sobre los soldados del Caguán en contra de las del presidente y del bombero del régimen, el ministro Alfonso Prada. ¿Qué es lo que le agradecen? No puede ser motivo de gratitud que en los últimos meses la Policía estuviere entregada a los exorcismos y a la adoración de las vírgenes católicas, mientras la delincuencia crecía sin tasa ni medida. Tampoco puede serlo que un alto dignatario con uniforme, a quien le está constitucionalmente prohibido deliberar, tuviera el arrojo de comprometer la seguridad nacional haciendo revelaciones de lo que él interpretó como un secuestro, cuando uno de sus superiores estaba hablando de una asonada que calificó como un “cerco humanitario”. No se había visto un director de la Policía agenciando un discurso no solo distinto, sino en contravía del dicho del mandatario de turno y del jefe de la política.
El Gobierno incurrió, pues, en una falta grave entregándole las llaves de toda la Policía a quien acusa serios síntomas de desequilibrio emocional. Pero fue mayor el que, luego de advertida esa pasión enfermiza por rezar todo el día, no lo hubieren sacado inmediatamente. Lo han hecho demasiado tarde y el Gobierno quiere que creamos el cuentazo de que le están agradeciendo todos los favores recibidos, cuando lo que dejó fue un reguero de desaciertos históricos.
Como si no hubiere sido suficiente el gigantesco descalabro que significó para la nación haberle abierto las puertas de la Procuraduría al perseguidor Alejandro Ordóñez, otro cruzado de la fe mariana, el Gobierno descabezó a muchos generales para escoger al general Sanabria y poner a marchar a los policías al ritmo de un culto extremista. Ojalá la lección quede aprendida. La cosa pública no se les puede dispensar a personas con estas inclinaciones ultracatólicas, porque ellos, con la necesidad que los acosa de salvarse del infierno y hacer lo mismo con el resto de la humanidad, meten en sus hogueras a quienes no participen de los mismos propósitos. Cuando a Ordóñez lo tuvieron de candidato a procurador y aun desde cuando era consejero de Estado que intervenía en política, advertí y vaticiné el peligro que entrañaba para la democracia su presencia en cualquier responsabilidad, pero pudo más la politiquería y lo hicieron procurador para vergüenza y descrédito de la función pública, porque allá llegó convencido de que era un redentor que tenía el poder divino de imponer sus personales creencias en cada expediente que pasó por sus manos. En su tiempo tempestuoso también estuvo en el Ministerio Público otro personaje siniestro, Gabriel Ramón Jaimes, hoy parapetado en la Fiscalía peligrosa y politizada de Barbosa, en la que ha hecho y deshecho por interpuesta mano. Todo esto lo sabía el país, menos el Gobierno de Petro.
En efecto, con todos esos antecedentes, el Gobierno del cambio no se dio por enterado y se embarcó en la aventura mariana de que la Policía se transformara en un asunto de fe. Es allí donde el descalabro de haber designado a Sanabria, para hablarlo en sus propios términos, se volvió un pecado mortal que para que el Gobierno pueda purgarlo va a tener que, allí sí, ocurrir un milagro.
Ahora vuelven a vestir con el uniforme al general William Salamanca, a quien han debido nombrar como director de la Policía desde el 7 de agosto en vez de haberlo relegado al ostracismo en el que lo han tenido hasta hoy. Es un oficial reputado con carácter, a quien no se le conocen excesos. La va a tener dura este curtido general a quien es mejor desearle que le vaya bien, por él y porque el país no aguanta otro cataclismo en la Policía.
Adenda. Ya va siendo hora de que la ministra Carolina Corcho comprenda que ella es parte principal del problema que tiene la reforma a la salud y que debería irse.