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Hay fotografías estremecedoras, que cuentan historias, que en un instante petrificado narran una guerra, muestran una injusticia, un genocidio, o pueden causar, por esa fracción eternizada, una sensación imborrable y desgarradora en el observador. Pasa, por ejemplo, con el hombre que cae de la torre norte del World Trade Center; lleva una camiseta anaranjada debajo de su camisa clara, y se precipita sin remedio. No ha podido ser identificado todavía.
Esa impresionante fotografía, captada tras una sucesión en ráfaga por el reportero gráfico de la AP, Richard Drew, transmite a quien la mira la espantosa sensación de ser un voyerista del horror. Así como aquella de 1968, captada por Eddie Adams, otro fotógrafo de la AP, en Vietnam, cuando un general de Saigón dispara a un prisionero, acusado de ser un vietcong. O aquella otra, también en Vietnam, de la niña desnuda que huye del bombardeo de napalm, tomada por Nick Ut, de la misma agencia noticiosa.
Hay fotografías que gritan, que denuncian, que aterran. Que duelen. Como aquella, tan polémica, de la famélica niña sudanesa (en realidad era un niño, como se supo después) a la que un buitre aguarda a que muera. La tomó Kevin Carter, que después llevó una breve vida de desesperos y angustias. Se suicidó tiempo después de ganar el Pulitzer de fotografía. Y una de las más tristes y dolorosas puede ser aquella que muestra a un niño sirio, Alan Kurdi, de tres años, muerto en una playa griega. Se convirtió en lacerante símbolo del drama de los refugiados.
Todos los días nos llegan fotos de los niños de Gaza, del genocidio sistemático cometido por Israel contra los palestinos. Una de las más conmovedoras ha sido la de una mujer palestina que acuna el cadáver de su sobrina. En realidad, son tantas, tan macabras y desconsoladoras, que ya no alcanzan ni las lágrimas ni la indignación ante tamaña agresión contra un pueblo.
Hay que recordar a Robert Capa (que era un seudónimo para dos: para él y su esposa, también reportera gráfica), con su famosa y dramática La muerte de un miliciano, de la Guerra Civil Española. El húngaro Capa se erigió en el más importante fotógrafo de guerra, y murió en su ley, en Vietnam, en 1954, cuando acompañaba una avanzada del ejército francés y se adelantó para tomar una fotografía y pisó una mina. Fue consecuente con su lema: “Si tu foto no es suficientemente buena es porque no estabas lo suficientemente cerca”.
Y estos preliminares son para decir algo sobre la muerte del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, que puso su cámara Leica al servicio de los desprotegidos, de los mineros explotados hasta la agonía, de los más pobres, de los africanos que vagaban por terrenos desérticos en busca de agua y se morían de sed, de los migrantes desesperados… Llegó a ser fotógrafo independiente tras haber sido secretario de la Organización Internacional del Café. “Me di cuenta de que las instantáneas me producían más placer que los informes económicos”, dijo.
En 1981, cuando hubo el atentado contra Ronald Reagan, perpetrado por un admirador de la actriz Jodie Foster, Salgado, que trabajaba como colaborador gráfico de algunas agencias, tomó fotos del acontecimiento sucedido en Washington y las mismas dieron la vuelta al mundo. Y después se marchó al África para concretar su proyecto personal de estar al servicio de los marginados. Sus placas siempre fueron en blanco y negro, para “evitar que el colorido distraiga a los observadores” de sus fotos.
“Se dijo que yo hacía estética de la miseria. ¡Y una mierda! Fotografío mi mundo”, dijo en una entrevista del periódico El País, de España. En su periplo por buena parte del orbe documentó hambrunas, travesías de migrantes, guerras, explotación inmisericorde de los trabajadores y otras desgracias de los humillados de la Tierra. Uno de sus trabajos más sonados fue con los mineros de Serra Pelada, producto de una “fiebre del oro” en la Amazonia brasileña.
Salgado se opuso al ultraderechista presidente brasileño Jair Bolsonaro por su política neoliberal de abrir la Amazonia para actividades deterioradoras de la selva y del medio ambiente, como la minería. Tuvo un criterio universal de suprimir las fronteras, que “son artificiales. En todas partes vi al mismo ser humano. El extranjero no existe”.
El presidente brasileño, Lula da Silva, dijo, a la muerte de su paisano, que “su inconformismo con el hecho de que el mundo es tan desigual y su obstinado talento para retratar la realidad de los oprimidos siempre sirvieron de advertencia a la conciencia de toda la humanidad”. Se murió un fotógrafo que retrató la idiosincrasia de los explotados y perseguidos.
Sebastião Salgado, ganador de galardones como el Príncipe de Asturias, cumplió su sueño de estar del lado de los excluidos. Salió en busca del planeta y se encontró a sí mismo.